Un regalo único (Historia navideña de Tierno y sensible)

¡Hola, corazones rebeldes!

Como viene siendo tradicional, me he puesto manos a la obra y he escrito dos relatos navideños. Sin embargo, en vez de crear personajes nuevos, he decidido que estén protagonizados por aquellos que ya conocéis.

El primero está protagonizado por Adrián e Irene de mi novela Tierno y sensible, segunda parte de la bilogía Tal y como eres. IMPORTANTE: Si no habéis leído el libro, os aconsejo pasar de largo, porque contiene SPOILER. Espero que os guste 😉

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Irene

Era la tarde del día 24 de diciembre, y estaba terminando de arreglarme delante del espejo del baño. Miré de reojo mi abultada barriga, que me impedía moverme con soltura. Ya estaba de nueve meses, y salía de cuentas dentro de una semana. Si todo iba según lo previsto, mi pequeña nacería antes de Año Nuevo.

Toda yo era un cúmulo de emociones: Estaba cansada, porque el dolor en los pies, la espalda y los riñones me estaba matando; feliz por ser madre, y nerviosa, porque no sabía si lo haría bien. Es lo normal en una madre primeriza, según me explicó la mía.

—Cariño, si no te das prisa llegaremos tarde—me dice Adrián al otro lado de la puerta.

A continuación, salgo del baño, y me encuentro con mi perrita Nala, que me saluda con entusiasmo. Las dos nos dirigimos al salón, donde está Adrián poniéndose la chaqueta del traje oscuro que llevará esta noche. Lo observo embelesada. Mi marido está guapísimo cuando se pone traje y corbata. Lleva una de color azul claro que le regalé el año pasado. Me acercó a él, y Adrián me mira y sonríe.

—Estás preciosa, cariño.

Yo me río y observo mi barriga, cubierta con mi vestido de color azul de manga larga, y falda por encima de la rodilla.

—Parezco una mesa camilla—respondo con sorna.

Adrián tuerce el gesto.

—No, estás preciosa.

Entonces, me da un beso en la mejilla. Salimos de casa, acompañados de Nala, y nos metemos en el coche. Minutos más tarde, llegamos a casa de mis abuelos, aunque tardamos un rato en aparcar porque hay muchos coches esta noche por la zona. Es lo normal, porque casi todo el mundo está celebrando la Nochebuena con familiares y amigos. Subo las escaleras despacio, con Adrián detrás de mí, sujetando a la perra con la correa. Ambos vigilan mis pasos.

—Deberíamos haber celebrado la cena en casa, así no tendrías que subir tantas escaleras.

—No digas tonterías, no son tantas.

—Bueno, pero habría sido más cómodo.

No respondo, y finalmente, llegamos. Mi abuelo abre la puerta, y mi perrita se pone contenta al encontrarse con Maco, el perro de Jorge y Carla, que es su mejor amigo. Ellos se ponen a jugar, mientras nosotros vamos saludando a la familia. Allí están Jorge, Carla, mi sobrino Javier, que está entusiasmado con la próxima llegada de Papá Noél, mi madre, su pareja y mis abuelos. Todos me acarician la barriga, y saludan a mi pequeña, que ahora mismo se está moviendo un poco.

Nos sentamos a la mesa, y nos ponemos a cenar. La comida está buenísima, y yo me dedico a comer por dos. No me privo de casi nada, excepto de los alimentos que no me están permitidos durante el embarazo, claro. Charlamos todos animadamente, mientras Adrián me lanza miradas furtivas. Siempre está así, comprobando si me encuentro bien. No hay marido más atento y cariñoso que él. Me tiene demasiado mimada.

De repente, noto un pequeño pinchazo en la tripa, que me hace agarrarme el vientre. Como no quiero alarmar a nadie, decido levantarme e ir al baño.

—Ahora vuelvo—digo, tratando de disimular mi gesto de dolor. Seguir leyendo “Un regalo único (Historia navideña de Tierno y sensible)”

Fiesta sin fin

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        Era una fría noche de noviembre en Madrid. El viento soplaba débilmente, pero lo suficiente, como para que el aire penetrara en la piel, y calara los huesos. El cielo estaba despejado, y podían verse algunas tímidas estrellas que apenas brillaban.

       Ya era pasada la medianoche, y mientras en las discotecas y clubs, la gente se divertía disfrutando de una noche de sábado, las calles permanecían en silencio, sin viandantes que las cruzasen. Solo había algún vagabundo, que no había encontrado cobijo en ningún albergue, acurrucado al calor de algún portal, tumbado sobre cajas de cartón.

       Ramón llevaba un buen rato dando vueltas por aquellas callejuelas oscuras, cercanas a la calle Arenal. Sus amigos habían decidido quedarse en la discoteca un rato más, pero él tenía los tímpanos doloridos, y la cabeza iba a estallarle después de estar dos horas escuchando música electrónica sin parar.

      Su amigo Fran le había dicho que se verían más tarde, que él tampoco se quedaría mucho, y que le esperara en algún sitio para tomar un taxi juntos. Se suponía que Fran tenía que haber salido ya de la discoteca, pero ya eran casi las 2, y su amigo no daba señales de vida. Seguir leyendo “Fiesta sin fin”

Noche estrellada de neón

beard-black-leather-jacket-bokeh-365356.jpgCamino con rumbo fijo a toda prisa. La polución envuelve el ambiente, y la gente se cruza en mi trayecto, sin darse cuenta de que a veces entorpecen mi paso.

No me detengo, pues mis pies se mueven solos, guiados por mi corazón, que desea llegar hasta donde tú estás.

Sé que me esperas a los pies del luminoso cartel de Schweppes de Callao, un superviviente como nuestro amor. Los únicos neones que se salvaron de ser apagados en la noche madrileña.

Estoy a punto de llegar, ya puedo verte entre la multitud. Reconocería tu perfil incluso en mitad de la noche más oscura y tenebrosa.

Veo que tu mirada me busca, y al fin me encuentra. Cuando lo hace, me dedicas tu sonrisa, esa sonrisa que me hizo enamorarme de ti por completo.

Atravieso la plaza, esquivo a la gente, y finalmente, llego hasta ti. Ese corto trayecto me ha parecido eterno, por las ganas que tengo de estar junto a ti. Me acerco, y por fin te toco. El simple roce de la yema de tus dedos sobre la palma de mi mano hace que sienta una especie de corriente eléctrica que recorre mi cuerpo de arriba abajo.

Me estremezco cuando acaricias una de mis mejillas, y te acercas poco a poco a mis labios. Antes de rozarlos, te detienes unos interminables segundos y me miras con deseo.

Finalmente, harta de esperar, avanzo y devoro tus labios, saboreándolos con deleite y pasión, con fuego y ardor. Ahora mismo, estoy en pleno éxtasis.

Esta noche no voy a separarme de ti. Tú serás mío, y yo seré tuya. Nos convertiremos en uno solo, todas las veces que sean necesarias, hasta que quedemos exhaustos y saciados.

Nada nos lo impedirá, porque estaremos al amparo de la noche estrellada de neón.

©2019, Andrea Muñoz Majarrez.

Benditos egoístas

Restaurante Fabiano, nueve de la noche de un sábado cualquiera. Estamos en pleno mes de septiembre. La gran mayoría de los mortales ya está adaptándose a la rutina después de los meses de verano. Algunos han dejado muchas cosas atrás, como amoríos de meses estivales, de minutos o de instantes. Otros han estado metidos en Internet, y han tenido tiempo de tener animadas conversaciones con desconocidos en la red de redes, que pronto derivarán en encuentros cara a cara. Cuando uno va a conocer a aquel que está tecleando detrás de un ordenador, a esa criatura con la que sientes que has conectado, siente unos nervios y una excitación irrefrenable.

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Y en esto estamos metidos. Dos personas que han estado hablando durante tres meses a través de la red de redes, por fin van a conocerse en persona. Previamente a este encuentro, los dos individuos, un hombre y una mujer, han enviado al otro una fotografía para poder reconocerse con facilidad. El punto de encuentro es el restaurante, a las nueve en punto.

En una mesa del fondo, alineando los cubiertos, y hecho un manojo de nervios, está Álvaro, un tipo alto, guapo, con los ojos castaños y el pelo oscuro. Ahora mismo, está esperando a una tal Elena87, que es el nick que su cita emplea en la red. No sabe nada de ella, solo ha visto una foto suya. Según esta información, ella tiene el pelo castaño largo, y los ojos verdes. Y digo que no sabe nada de ella, porque Álvaro nunca ha chateado con Elena. Seguir leyendo “Benditos egoístas”

La chica de Gran Vía

Son las ocho de la tarde de un frío sábado del mes de octubre de 1958. He salido a dar un paseo y a hacer unas compras por una abarrotada Gran Vía. La gente camina de un lado a otro, los coches circulan y se detienen delante del semáforo. Suena alguna bocina, mientras conversaciones apresuradas envuelven el ambiente, acompañadas de alguna risa. A estas horas ya ha oscurecido, y todo el mundo camina con cierta prisa.

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Las señoras van elegantemente vestidas con faldas hasta la rodilla, zapatos de tacón, bolsos de mano, y abrigos largos. Los caballeros llevan sombrero, gabardinas unos, abrigos largos otros, y elegantes zapatos de cuero, cuyas suelas golpean la acera, emitiendo una especie de chasquido a cada paso.

Si miras hacia arriba, puedes ver los enormes carteles pintados a mano, anunciando las películas que están en las carteleras de los muchos cines que hay en esta calle tan grande. Como en el Palacio de la Música, donde anuncian la película Al Este del Edén, protagonizada por James Dean.

Un autobús de dos plantas pasa cerca de donde yo estoy, lleno de pasajeros. Algunos de ellos bajan en la parada que hay justo delante. Giro mi cabeza, y miro al frente. Entonces, sucede. Seguir leyendo “La chica de Gran Vía”

¡ALTO! ¡O CUPIDO DISPARA! (FINAL)

Había pasado una semana desde su estancia en comisaría, y Sakura estaba de los nervios. Se había dado cuenta de que había perdido el carné de identidad, pero no recordaba dónde. Debido a esto, tuvo que volver a pedir cita para hacerse uno nuevo. Lo único que le hacía mantener a raya su inquietud eran las clases. Sus alumnos estaban preparándose para las competiciones que tendrían lugar dentro de unas semanas, y Sakura estaba completamente entregada. Supervisaba el entrenamiento, y después, cuando todos se marchaban, era ella la que entrenaba.

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Le gustaban esos momentos de soledad, donde nadie la molestaba, y solo se concentraba en sí misma y en lo que estaba haciendo. Aunque hay alguien en quien no puede dejar de pensar a pesar de haberse obligado a ello: El policía de los ojos preciosos. Desde que le conoció, cada noche ha soñado con él. Seguir leyendo “¡ALTO! ¡O CUPIDO DISPARA! (FINAL)”

¡Alto! ¡O Cupido dispara! (Parte 1)

Estamos en pleno mes de mayo, y la ciudad está llena de turistas, que se mueven por las estrechas calles del Madrid de los Austrias. Esa noche, Sakura, una profesora de artes marciales, alta, con el pelo largo y lacio de color negro, y los ojos castaños, ha salido a cenar con su mejor amiga, Martina, a un restaurante situado cerca de la Plaza Mayor. Hacía mucho tiempo que estas dos amigas no se veían, debido al poco tiempo que tienen por culpa de sus respectivos trabajos.

 

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En este instante, están las dos charlando animadamente sobre temas amorosos, un ámbito, el del amor, en el que Martina tiene mucha experiencia:

—Después de tomar unas copas, subimos a su casa, y ya sabes lo que viene después. ¡Fue increíble, Sakura! ¡Qué potencia, qué aguante! —explica Martina, entusiasmada.

Sakura dibuja una media sonrisa, mientras come un trozo de tarta de queso.

—¿Y vais a volver a veros?

—No lo sé todavía. Pero a mí no me importaría. Ese hombre está cañón. ¿Y tú para cuando vas a tener una cita? Mira, que tengo catalogo…

Sakura niega con la cabeza.

—Paso de líos. Tengo mucho trabajo. Mis alumnos se están preparando para las competiciones locales, y tengo mucho que hacer.

Martina alza una ceja, mirando a su amiga con suspicacia. Seguir leyendo “¡Alto! ¡O Cupido dispara! (Parte 1)”

Los primeros minutos del año

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Son las ocho de la mañana, y Ruth va camino del trabajo, subida en un vagón del metro, leyendo una novela. Ya estamos en esa época del año en la que las luces navideñas iluminan las calles, y todo el mundo se da prisa en enviar su carta a Papá Noél o los Reyes Magos para que les traigan los regalos que quieren encontrarse al pie del árbol.

Ruth no ha pedido nada especial este año, porque ha sido afortunada. Tiene un empleo que le gusta y con el que gana el dinero suficiente para vivir bien, sus amigos y su familia son felices, y no parece necesitar nada más. Bueno, quizás sí. Una pareja con la que compartir sus días, que a veces pueden ser algo solitarios. Tampoco busca, simplemente piensa que, si tiene que suceder, así será.

De repente, alza la vista y cruza su mirada con un hombre que está sentado justo enfrente de ella. Él sostiene un libro entre sus manos, Noches Blancas de Dostoievski, uno de los favoritos de Ruth. Sus ojos grises la observan con curiosidad. El hombre lleva un gorro de lana azul, pero pueden verse algunos mechones de su cabello oscuro un poco largo, encima de su abrigo.

En ese instante, él dibuja una sonrisa, y ella siente calor en sus mejillas, al mismo tiempo que su pulso se acelera y su corazón late a toda velocidad. Una atmósfera íntima llena el poco espacio que los separa, y todo parece desaparecer a su alrededor.

Sin embargo, el momento de intimidad se ve interrumpido porque el tren se detiene en la estación en la que Ruth debe bajarse. Hora de despertar de la ensoñación. Mientras sale del vagón y camina por el andén en dirección a las escaleras, se pregunta si ha sido amor a primera vista o un mero espejismo. Se siente azorada, y le es imposible quitarse de la cabeza el rostro de ese hombre en todo el día.

A Tristán lo ocurre lo mismo. La mirada color miel de esa mujer le ha dejado cautivado. No es de los que creen en el flechazo, él es mucho más realista y práctico. Sin embargo, no sabe cómo explicar lo que siente por alguien con quien no ha cruzado una palabra.

Pasan los días y las fiestas navideñas se suceden. No vuelven a encontrarse, y tanto Ruth como Tristán achacan esa tristeza que sienten a la nostalgia que despiertan estas fechas tan señaladas.

Pero yo, el destino, tengo preparada una buena sorpresa para estos dos.

Llega la última noche del año, y Ruth y Tristán van a celebrarlo lejos de sus familias. Luis, amigo de Ruth desde el instituto, organiza una fiesta en un local para despedir el año. Ruth viste un elegante vestido negro largo de terciopelo de manga larga, y llega hasta la barra para pedir algo de beber. Una vez tiene su bebida, pasea su mirada alrededor, mientras charla con algunos amigos.

Tristán llega al lugar del encuentro y entra al local acompañado de su amigo Braulio, el hermano de Luis. Ambos llaman la atención por su altura y su cuerpo musculado. Tristán parece un auténtico vikingo con su melena suelta, vistiendo unos pantalones de vestir oscuros y una camisa blanca desabrochada por encima del pecho, que capta la atención de las damas allí presentes. Sin embargo, él no está de humor para ligar esa noche. Sigue sin poder quitarse de la cabeza a la mujer de los ojos color miel.

Y llega el momento cumbre de la noche. Las campanadas. Todos cogen su vaso de plástico que contiene las doce uvas de la suerte, y a través de la televisión, siguen la emisión en directo desde la Puerta del Sol de Madrid. Como cada año, explican que antes de meterse una uva en la boca, hay que esperar a que suenen los cuartos, aunque seguro que hay algún despistado que la lía, como siempre.

Empieza la cuenta atrás, y después de un breve silencio, suena la primera campanada. Las risotadas, esa uva traviesa que se cae, el que las acumula en la boca… Y por fin, damos paso al año nuevo. Se suceden los abrazos, los besos y las sonrisas. Alguno traga todo lo que puede, mientras intenta masticar las uvas que aún tiene en la boca.

Ruth y Tristán se pasean por la sala, buscando algo. ¿Quizás algún amigo al que aún tengan que felicitar el año?

Y sucede. Ese momento mágico. Acaban de encontrarse durante los primeros minutos del año. En medio del gentío, que desaparece cuando cruzan sus miradas. Se quedan inmóviles, ni siquiera pestañean. En la vida se presentan oportunidades que no deben dejarse escapar, y ellos no están dispuestos a hacerlo. Sonríen, se acercan y finalmente, uno de los dos, habla:

—Soy Tristán.

—Soy Ruth.

—Feliz año nuevo—dicen al unísono.

No hay más palabras, porque se funden en un dulce beso que sellará una unión inquebrantable.

Y ahora me despido, que tengo que seguir ejerciendo mi magia con algún alma despistada.

El vecino (Final)

imagesDesde que me encontré a Eddie en medio de Nottingham con esa mujer tan guapa, no he vuelto a hablar con él. Y no porque no haya tenido ocasión. Chloe se ha escapado dos veces de casa en estos dos días, y sé que se ha encontrado con Eddie. Pero yo no he ido a buscarla. Ha vuelto ella sola. Cada vez que regresaba a casa, notaba como me juzgaba con la mirada.

—Chloe, sé que lo haces por mí, pero no vale de nada. Él ya tiene novia. Y nunca se va a enamorar de mí. Así que, deja ya de intentarlo.

Chloe, obviamente, no me contestaba nunca, y se limitaba a tumbarse en su camita o donde surgiera.

He estado yendo al trabajo como un alma en pena, y lo peor era que tenía que ir el sábado a la dichosa fiesta. No podía decir que no, porque Eddie empezaría a hacer preguntas. El viernes por la noche, Meredith me invita a su casa a cenar, y se unen a nosotras Michel y John, nuestros vecinos del bajo. Durante la velada, les conté lo que había visto, y expusieron sus teorías, intentando así animarme. Seguir leyendo “El vecino (Final)”

El vecino (Segunda parte)

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Es lunes por la mañana y toca ir a trabajar. Son alrededor de las ocho cuando salgo de casa, y me cruzo con mi vecina Meredith, que coge la misma línea de tren que yo. Llegamos abajo y salimos a la calle. Vamos caminando en dirección a la estación de tren, cuando veo a lo lejos a un hombre que me resulta familiar. Va vestido con unas mayas negras ajustadas, y una camiseta larga también apretada. Lleva unos auriculares puestos, y parece ir concentrado. Me ve y me sonríe. ¡Es Eddie! ¡Ay, mi corazón está dando saltitos de alegría! ¡Qué maravillosa casualidad! Se detiene delante de nosotras, sin dejar de sonreír.

—¡Buenos días, vecina! ¿Ya vas al trabajo?

—Sí, voy a coger el tren.

De repente, oigo un carraspeo. Es Meredith, que quiere que haga las pertinentes presentaciones.

—Eddie, esta es Meredith. Vive en la misma casa, solo que en el piso de abajo.

Ambos se estrechan la mano.

—Encantado de conocerte. Yo vivo en la casa de al lado. Somos todos vecinos.

—¡Qué maravilla! Es un placer, Eddie. Bienvenido al vecindario. No te preocupes, somos un poco alocados, pero no mordemos—comenta Meredith, divertida.

Eddie se ríe, y yo siento mariposas en mi estómago.

—Por cierto, había pensado hacer una pequeña fiesta, para celebrar la mudanza. ¿Os apetecería venir? Será este sábado.

—¡Por supuesto! —respondo con más entusiasmo del que esperaba.

Él me mira, y me sonríe.

—Iremos encantadas. ¿Podemos invitar a más gente? Había pensado llevar a nuestros vecinos, viven en el bajo—pregunta Meredith. Seguir leyendo “El vecino (Segunda parte)”