Fiesta sin fin

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        Era una fría noche de noviembre en Madrid. El viento soplaba débilmente, pero lo suficiente, como para que el aire penetrara en la piel, y calara los huesos. El cielo estaba despejado, y podían verse algunas tímidas estrellas que apenas brillaban.

       Ya era pasada la medianoche, y mientras en las discotecas y clubs, la gente se divertía disfrutando de una noche de sábado, las calles permanecían en silencio, sin viandantes que las cruzasen. Solo había algún vagabundo, que no había encontrado cobijo en ningún albergue, acurrucado al calor de algún portal, tumbado sobre cajas de cartón.

       Ramón llevaba un buen rato dando vueltas por aquellas callejuelas oscuras, cercanas a la calle Arenal. Sus amigos habían decidido quedarse en la discoteca un rato más, pero él tenía los tímpanos doloridos, y la cabeza iba a estallarle después de estar dos horas escuchando música electrónica sin parar.

      Su amigo Fran le había dicho que se verían más tarde, que él tampoco se quedaría mucho, y que le esperara en algún sitio para tomar un taxi juntos. Se suponía que Fran tenía que haber salido ya de la discoteca, pero ya eran casi las 2, y su amigo no daba señales de vida. Seguir leyendo “Fiesta sin fin”

Princesa de las tinieblas (Parte 2 y final)

Han pasado dos días desde mi cita con Emi, y desde que descubrí que era un vampiro, sigo hecho un desastre. Apenas duermo, y me paso los días cabizbajo, sin ganas de nada.

a-l-117966-unsplash.jpgNo he vuelto a verla en el campus, ni tampoco quiero. Emi se acabó para mí. Aunque ojeo el periódico todos los días para ver si hay alguna noticia de la presencia de vampiros en la zona. ¿Es que nadie se ha dado cuenta? Ha habido muchas víctimas, y eso tiene que dejar cadáveres.

A pesar de todo, en el fondo no me gustaría que la descubrieran. Me ha mentido, y chupa la sangre a la gente y la mata, pero eso no me hace quererla menos. Sí, sigo perdidamente enamorado de ella, y creo que siempre lo estaré, aunque evite verla.

Hoy me toca estudiar en la biblioteca por la noche. Voy con cierto recelo, sin embargo, no me queda otro remedio. Durante el día apenas tengo tiempo con las clases, y por las noches se estudia mejor.

Voy caminando en dirección a la biblioteca, cuando me cruzo con un tipo que me resulta familiar. Es un hombre alto, corpulento, con media melena y una chupa de cuero. Le observo bien, y recuerdo donde le he visto. ¡Era el tipo al que Emi estaba mordiendo! Pero ¿cómo es posible que esté andando tranquilamente? ¿No debería estar muerto? Necesito asegurarme.

—Perdona, ¿tienes hora?—le pregunto, deteniéndole.

El hombre me mira, y saca su teléfono para ver la hora.

—Son las ocho y cinco.

Vale, estoy alucinando.

—Gracias…

—De nada—asiente y se marcha.

Yo me quedo de pie, mirándole, en medio de la calle. Me ha hablado, y estaba totalmente sano. Emi me estaba diciendo la verdad. No los mata, solo los adormece. Entonces, ¿dónde quedan todos esos mitos sobre los vampiros?

De repente, noto que me empiezo a marear, y me siento en la acera. Estoy abatido. ¿Qué he hecho? No escuché a Emi, no la dejé explicarse, y me he llevado una buena lección. Tengo que hablar con ella, necesito que se aclare todo. Seguir leyendo “Princesa de las tinieblas (Parte 2 y final)”

Princesa de las tinieblas (Parte 1)

mystical-portrait-of-a-girl-1374006_1920.jpgEstoy emocionado. Esta noche por fin tendré mi primera cita con Emi, la chica de mis sueños. Nos conocimos en la universidad, hace cosa de tres meses. Yo ya llevo un año aquí, estudiando ingeniería, y ella ha entrado este año nueva, en la misma carrera que yo. Lo cierto es que me quedé prendado de ella desde el primer momento. Con su melena larga castaña, sus enigmáticos ojos verdes, ocultos casi siempre bajo unas oscuras gafas de sol, y su cuerpo perfecto, envuelto en prendas negras y de colores poco llamativos, me enamoró enseguida.

Yo, que no soy nada del otro mundo, un tipo delgado, alto, de ojos claros y pelo castaño, que tiene que llevar gafas para leer, aún no comprendo por qué aceptó salir conmigo. Desde que la conozco, siempre la he visto salir con tipos super guapos y cachas. No es que tenga novio, pero sí muchos rollos de una noche.

Como es novata, casi nadie habla con ella. Siempre la veía sola, deambular sin rumbo, perdida, y decidí acercarme para saludarla. Ella me sonrió, y casi me da un infarto. La pobre estaba perdida, buscando un aula, y nadie la echaba una mano. Sí, es difícil ser el recién llegado y que nadie te ayude. Le hice un poco de guía, y enseguida intercambiamos los contactos.

Yo ya os digo que no me creí mi buena suerte. Las chicas como ella siempre han pasado de largo por mi lado, sin siquiera mirarme. Pero Emi es diferente. Es una tía enrollada y muy simpática.

Cada vez que estoy cerca de ella, me pongo nervioso, pero al final ella hace que me sienta cómodo, hablándome como si fuéramos amigos de toda la vida. Me contó que eligió el turno de tarde en todas las asignaturas, porque tiene alergia al sol, y era mejor evitarlo. También sé que no soporta el ajo, ni el picante. Bueno, nada fuera de lo normal. Después de saber esto, entendí por qué tiene la piel tan blanca.

Hace unos días, decidí dar el paso, y la invité a salir. Una cosa informal, cena en un restaurante de comida rápida al que solemos ir todos los estudiantes. Sin embargo, para mí va a ser una noche especial.

Me he puesto mis mejores galas: Unos pantalones vaqueros, una camisa blanca y una americana azul. También llevo mi mejor perfume, y me he peinado con gomina, para domar mi cabellera rebelde.

Mike, mi compañero de cuarto, que es un friki de cuidado, me ha dicho que me he pasado, pero a mí me da igual la opinión de un tipo que se pasa la mayor parte del tiempo en pijama.

Espero sentado en una de las mesas del restaurante, frotándome las manos, y moviendo una de mis piernas, frenético. Estoy muy nervioso. Enseguida veo a Emi entrar y me quedo sin palabras. Lleva su melena suelta cayendo sobre sus hombros, y su piel pálida destaca sobre una blusa negra ajustada, y unos vaqueros oscuros rasgados. Lleva carmín rojo en los labios, y está preciosa. Su sonrisa y su mirada me dejan totalmente embobado.

—Hola, Josh—me saluda, y se sienta frente a mí.

—Hola, Emi—respondo con cara de tonto.

Ella se ríe, y yo la acompaño. Estoy loco por esta chica, y espero que no lo note y salga espantada. Sé que esto tiene que ser un sueño, y que en cualquier momento me despertaré en mi cuarto, y que lo primero que veré será el poster de Tron que tengo colgado en la pared.

—¿Qué vas a pedir? Me muero de hambre—me dice, ojeando la carta.

Yo me espabilo, y también finjo estar buscando qué comer.

—Pues hamburguesa, como siempre.

—Yo también. La doble con queso tiene una pinta estupenda.

—¡Vaya! No sabía que te gustara comer—comento con cierta sorpresa.

Emi se ríe.

—Sí, bueno, no lo parece, pero tengo buen apetito.

—Yo también—respondo, risueño.

Ella me mira fijamente, y me pierdo en sus ojos. Son preciosos.

—¿Qué vais a tomar? —pregunta el camarero.

—Una doble con queso, patatas fritas y refresco. Y por favor, la carne poco hecha, gracias—dice Emi.

Yo pido lo que quiero, y el camarero se va. Es entonces cuando volvemos a estar solos, y empezamos a charlar sobre la universidad, la vida y los cosas que nos gustan. Emi y yo coincidimos en casi todo. Nos encanta el cine, la informática y la literatura de ciencia ficción. ¿Dónde ha estado esta mujer perfecta durante todos estos años?

—Oye, Emi, me dijiste que vienes de Europa, aunque llevas mucho tiempo en Estados Unidos. ¿De dónde eres?

—De Rumanía. De una región que se llama Transilvania.

Yo me quedo perplejo.

—¡Anda! Como el conde Drácula.

Ella se ríe.

—Sí, de hecho, allí está su castillo.

—Me encantaría ir algún día.

—¿Te gustan los vampiros?

Yo me encojo de hombros.

—Bueno, he leído algunos cómics y he visto pelis sobre el tema. No es que sea un entusiasta, pero me gusta.

Ella sonríe y asiente.

—Eso es genial.

—Oye, Emi, ¿puedo hacerte una pregunta?

—Claro. Tú dirás.

Ahora no puedo echarme atrás. Llevo desde hace varios días preguntándomelo, y quiero saberlo.

—¿Por qué has aceptado salir conmigo? Es que me resulta raro que una mujer tan… Bueno, que tú hayas aceptado.

Ella me sonríe de nuevo, y siento que me derrito.

—¿Y por qué no?

—Por que es evidente que no tenemos nada que ver. Bueno, a nivel físico. Tú eres una diosa, y yo un chico del montón…

De repente, me doy cuenta de lo que le he dicho, y me siento avergonzado. Creo que he sido demasiado directo.

—Así que… Soy una diosa…—me dice, apoyando su mejilla en su mano, y lanzándome una mirada seductora.

A mí me va a dar un ataque al corazón aquí mismo.

—Sí… Bueno… Yo…

En ese instante, ella se acerca, y me da un beso muy tierno que me deja paralizado. Se aparta, y se ríe. Creo que le hace gracia mi expresión ahora mismo.

—Me gustas mucho, Josh. Creo que eres una persona maravillosa. Inteligente, bueno, gentil… Me encanta estar contigo. Cuando estoy a tu lado, me siento especial. Y, además, creo que eres realmente atractivo, desprendes un aura muy sensual…—comenta con voz melosa.

Noto cómo me suben las pulsaciones, y creo que me va a dar algo. De repente, ella se aparta bruscamente de mí, y oculta su rostro. Me quedo un poco preocupado.

—¿Te encuentras bien? —pregunto, acercándome.

Ella se aleja de mí, y pone su mano en mi pecho, para que no me acerque más.

—Sí, estoy bien. Es solo que estoy cansada. Será mejor que vaya a casa.

Salimos del restaurante, y la acompaño hasta su casa, que está allí cerca. Antes de despedirnos, me agarra de la solapa de la americana, y me da otro beso en los labios que me deja al borde del desmayo. Me encanta la intensidad de sus besos. Me gustaría que fuera así todos los días.

—Hasta mañana—me dice, metiéndose en su casa.

—Buenas noches—respondo con un hilo de voz, mientras me alejo en dirección a mi coche.

Camino canturreando, enamorado y feliz. Emi es la mujer de mis sueños, y también me quiere… ¡Un momento! ¿Me quiere? Bueno, supongo que sí porque me ha besado, pero no sé, ahora tengo dudas. Yo quiero ir en serio con ella. Sin embargo, ¿y si ella no quiere? Yo tengo que aclarar todo ahora mismo.

Llevo un buen rato caminando, y me doy media vuelta. Ella ya estará metida en la cama, así que voy a llamarla para asegurarme. Cojo el teléfono, llamo, pero no lo coge. No importa, iré a su casa.

Paso por delante del restaurante, y me doy cuenta de que hay una pareja en la calle paralela, donde están los cubos de basura, ocultos en la oscuridad. El hombre está gimiendo, y veo que la mujer está escondida tras su cuello.

Como si una fuerza me lo impidiera, me quedo quieto donde estoy, observando. Entonces veo que la mujer levanta la cabeza, y me mira. ¡Veo sangre en sus labios! ¿Pero qué? Y de repente, nuestras miradas se encuentran. No puedo creer lo que estoy viendo. ¡Es Emi! ¡Emi es un vampiro! De esos que succionan la sangre a la gente hasta matarlos.

Siento como el miedo se apodera de mí, y un escalofrío recorre mi espalda. El tipo está medio desmayado, y Emi no deja de mirarme. Intento retroceder, sin embargo, mis pies no se mueven.

Ella deja al tipo en el suelo, y empieza a acercarse a mí.

—Josh, puedo explicártelo, no es lo que parece…

Yo niego con la cabeza. No puedo creerla. Estoy aterrado, y cuanto más se acerca, peor me siento. Intento comprender, encontrar una explicación, sin embargo, no puedo. Finalmente, me agarra del brazo, miro su mano, espantado, y consigo moverme y alejarme.

Corro todo lo que puedo, pero ella me alcanza, porque se pone delante de mí. Yo me detengo en seco. ¿Cómo lo ha hecho?

—Josh, por favor, déjame explicarte…

—¡No te acerques! —exclamo, muerto de miedo.

Ella se queda quieta, y alza las manos.

—Por favor, Josh, escúchame…

—¿¡Qué tienes que explicarme, Emi!? ¿¡Qué eres la hija de Nosferatu, de Drácula!?—chillo—. ¿¡Qué esta noche ibas a matarme!? Aunque, bueno, veo que ya te has servido…

Ella niega con la cabeza.

—Josh, iba a decírtelo…

—¿Cuándo? ¿Cuándo ya me tuvieras acorralado en un rincón?—respondo, enfadado.

Ella suspira.

—No, iba a decírtelo lo antes posible. Temía que te pusieras así, como estás ahora.

—¿¡Cómo quieres que me ponga!? ¿Quieres que te de una palmadita en la espalda, y luego te deje mi cuello para que me dejes seco?—digo totalmente indignado—. Me gustas mucho, pero no soy tan estúpido.

—¡No iba a succionarte la sangre! De hecho, esta noche me he contenido. ¡Por eso he ido a buscar a otro humano! Porque para mí eres muy importante—me replica, enfadada—. Además, los humanos no morís cuando tomamos vuestra sangre.

—¡Sí, claro! ¿Y ese tío porque está medio muerto en el suelo?

—Porque se ha quedado adormilado. Solo se sufre un desmayo. Dormirá unas horas y mañana estará como nuevo.

Yo me rio a carcajadas. ¿Se cree que nací ayer?

—¡Venga ya! No me creo nada, Emi. No te preocupes, no diré lo que eres. ¡¡Pero no quiero que te acerques a mí nunca más!!—grito mientras me alejo.

—Josh…—la oigo decir a mi espalda.

Noto su voz temblorosa y triste. ¡No pienso caer en la trampa! Lo hace para que me acerque y atacarme. Se acabó. Ya sabía yo que era demasiado bueno para ser verdad. Solo quería mi sangre, por eso aceptó la cita y se hizo amiga mía. Estoy decepcionado, triste, en definitiva, hecho polvo. Porque a pesar de todo, la quiero. Y no sé si podré dejar de hacerlo…

CONTINUARÁ…

©2019, Andrea Muñoz Majarrez.

Noche estrellada de neón

beard-black-leather-jacket-bokeh-365356.jpgCamino con rumbo fijo a toda prisa. La polución envuelve el ambiente, y la gente se cruza en mi trayecto, sin darse cuenta de que a veces entorpecen mi paso.

No me detengo, pues mis pies se mueven solos, guiados por mi corazón, que desea llegar hasta donde tú estás.

Sé que me esperas a los pies del luminoso cartel de Schweppes de Callao, un superviviente como nuestro amor. Los únicos neones que se salvaron de ser apagados en la noche madrileña.

Estoy a punto de llegar, ya puedo verte entre la multitud. Reconocería tu perfil incluso en mitad de la noche más oscura y tenebrosa.

Veo que tu mirada me busca, y al fin me encuentra. Cuando lo hace, me dedicas tu sonrisa, esa sonrisa que me hizo enamorarme de ti por completo.

Atravieso la plaza, esquivo a la gente, y finalmente, llego hasta ti. Ese corto trayecto me ha parecido eterno, por las ganas que tengo de estar junto a ti. Me acerco, y por fin te toco. El simple roce de la yema de tus dedos sobre la palma de mi mano hace que sienta una especie de corriente eléctrica que recorre mi cuerpo de arriba abajo.

Me estremezco cuando acaricias una de mis mejillas, y te acercas poco a poco a mis labios. Antes de rozarlos, te detienes unos interminables segundos y me miras con deseo.

Finalmente, harta de esperar, avanzo y devoro tus labios, saboreándolos con deleite y pasión, con fuego y ardor. Ahora mismo, estoy en pleno éxtasis.

Esta noche no voy a separarme de ti. Tú serás mío, y yo seré tuya. Nos convertiremos en uno solo, todas las veces que sean necesarias, hasta que quedemos exhaustos y saciados.

Nada nos lo impedirá, porque estaremos al amparo de la noche estrellada de neón.

©2019, Andrea Muñoz Majarrez.

Cita con una estrella (Final)

Después de la cita, Dionne quitó de su cuarto los posters, guardó las películas de Mark donde no pudiera verlas, y lo mismo hizo con la foto de su taquilla. No quería saber nada de Mark Valentine. Un mito había caído, y ella iba a enterrarlo. Sus compañeros y sus familiares desconocían el motivo de ese cambio repentino de actitud, porque Dionne no les había contado nada. Dionne no sonrió ni se mostró alegre durante los dos días siguientes. No tenía ganas. Solo quería concentrarse en el trabajo.

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Una tarde, llegó al taller un Porsche 911 de los años 80, que dejó a todos totalmente asombrados. Era una auténtica preciosidad. Carrocería de color rojo, sin un solo golpe o arañazo. Parecía recién salido de fábrica. Al volante estaba Mark Valentine, ocultando sus ojos tras unas gafas de sol. Salió del coche luciendo un traje gris, camisa blanca, y un aspecto impecable. Seguir leyendo “Cita con una estrella (Final)”

Benditos egoístas

Restaurante Fabiano, nueve de la noche de un sábado cualquiera. Estamos en pleno mes de septiembre. La gran mayoría de los mortales ya está adaptándose a la rutina después de los meses de verano. Algunos han dejado muchas cosas atrás, como amoríos de meses estivales, de minutos o de instantes. Otros han estado metidos en Internet, y han tenido tiempo de tener animadas conversaciones con desconocidos en la red de redes, que pronto derivarán en encuentros cara a cara. Cuando uno va a conocer a aquel que está tecleando detrás de un ordenador, a esa criatura con la que sientes que has conectado, siente unos nervios y una excitación irrefrenable.

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Y en esto estamos metidos. Dos personas que han estado hablando durante tres meses a través de la red de redes, por fin van a conocerse en persona. Previamente a este encuentro, los dos individuos, un hombre y una mujer, han enviado al otro una fotografía para poder reconocerse con facilidad. El punto de encuentro es el restaurante, a las nueve en punto.

En una mesa del fondo, alineando los cubiertos, y hecho un manojo de nervios, está Álvaro, un tipo alto, guapo, con los ojos castaños y el pelo oscuro. Ahora mismo, está esperando a una tal Elena87, que es el nick que su cita emplea en la red. No sabe nada de ella, solo ha visto una foto suya. Según esta información, ella tiene el pelo castaño largo, y los ojos verdes. Y digo que no sabe nada de ella, porque Álvaro nunca ha chateado con Elena. Seguir leyendo “Benditos egoístas”

La chica de Gran Vía

Son las ocho de la tarde de un frío sábado del mes de octubre de 1958. He salido a dar un paseo y a hacer unas compras por una abarrotada Gran Vía. La gente camina de un lado a otro, los coches circulan y se detienen delante del semáforo. Suena alguna bocina, mientras conversaciones apresuradas envuelven el ambiente, acompañadas de alguna risa. A estas horas ya ha oscurecido, y todo el mundo camina con cierta prisa.

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Las señoras van elegantemente vestidas con faldas hasta la rodilla, zapatos de tacón, bolsos de mano, y abrigos largos. Los caballeros llevan sombrero, gabardinas unos, abrigos largos otros, y elegantes zapatos de cuero, cuyas suelas golpean la acera, emitiendo una especie de chasquido a cada paso.

Si miras hacia arriba, puedes ver los enormes carteles pintados a mano, anunciando las películas que están en las carteleras de los muchos cines que hay en esta calle tan grande. Como en el Palacio de la Música, donde anuncian la película Al Este del Edén, protagonizada por James Dean.

Un autobús de dos plantas pasa cerca de donde yo estoy, lleno de pasajeros. Algunos de ellos bajan en la parada que hay justo delante. Giro mi cabeza, y miro al frente. Entonces, sucede. Seguir leyendo “La chica de Gran Vía”