Fiesta sin fin

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        Era una fría noche de noviembre en Madrid. El viento soplaba débilmente, pero lo suficiente, como para que el aire penetrara en la piel, y calara los huesos. El cielo estaba despejado, y podían verse algunas tímidas estrellas que apenas brillaban.

       Ya era pasada la medianoche, y mientras en las discotecas y clubs, la gente se divertía disfrutando de una noche de sábado, las calles permanecían en silencio, sin viandantes que las cruzasen. Solo había algún vagabundo, que no había encontrado cobijo en ningún albergue, acurrucado al calor de algún portal, tumbado sobre cajas de cartón.

       Ramón llevaba un buen rato dando vueltas por aquellas callejuelas oscuras, cercanas a la calle Arenal. Sus amigos habían decidido quedarse en la discoteca un rato más, pero él tenía los tímpanos doloridos, y la cabeza iba a estallarle después de estar dos horas escuchando música electrónica sin parar.

      Su amigo Fran le había dicho que se verían más tarde, que él tampoco se quedaría mucho, y que le esperara en algún sitio para tomar un taxi juntos. Se suponía que Fran tenía que haber salido ya de la discoteca, pero ya eran casi las 2, y su amigo no daba señales de vida.

       Lo peor del caso era que Ramón se había quedado sin batería en el teléfono, y no tenía forma de contactar con su amigo. En la zona ya no quedaban cabinas, y los bares estaban cerrados. Si intentaba entrar de nuevo en la discoteca, sería una tortura, porque tendría que esperar cola de nuevo, y tendría que pagar otra vez la entrada. Porque aquella noche era especial. En la discoteca celebraban una fiesta temática de disfraces, y era un evento de pago. Él, al contrario que sus amigos, no se había disfrazado, aunque iba bien vestido, con una americana, pantalón negro y camisa blanca.

     Decidió entonces dar vueltas por la zona y ver si conseguía encontrar un taxi para llegar a casa. Desde allí podría llamar a Fran, que estaba claro que seguiría de juerga toda la noche, pensó. O tal vez hubiera algún alma caritativa que le dejara usar su teléfono para poder contactar con su amigo. Sin embargo, a esas horas de la noche, las calles estaban desiertas, y solo las farolas le hacían compañía. Tampoco aparecía ningún taxi por la zona, así que decidió seguir andando hasta llegar a alguna avenida grande, donde habría más posibilidades de encontrar algún medio de transporte.

       Mientras andaba, el único sonido que se escuchaba eran sus pasos, que golpeaban el viejo pavimento de piedra de aquellas calles tan antiguas. De repente, escuchó música a lo lejos. El sonido parecía venir de la próxima calle que iba a cruzar. Le llamó la atención, porque por esa zona, ya no había clubs ni discotecas.

     Era un área residencial, de viejas casas del siglo XIX. Se fue acercando más, y pudo escuchar con mayor claridad voces y risas. La música no era moderna, parecía clásica. Tal vez producida por un piano, un organillo, o un acordeón. Era algo raro, misterioso. Como no tenía nada que hacer, y la curiosidad le podía, decidió ir allí para saber más.

      Finalmente llegó a la calle donde la música llenaba la atmósfera de una especie de aire nostálgico. De repente, Ramón sintió que no estaba en 2017, sino en otro tiempo, tal vez en otro siglo. La calle parecía sacada de una serie de televisión de época, como las que veía su madre durante la sobremesa. Le parecía extraño, pero a la vez encantador.

      El sonido de la música se iba intensificando a medida que avanzaba hacia el lugar. Le extrañó el hecho de que, teniendo en cuenta que la música se podía escuchar por toda la calle, y lo tarde que era, ningún vecino saliera a quejarse, o que la policía no estuviera ya allí. Pensó que tal vez, el resto de aquellas casas no estarían habitadas, y que los pisos superiores pertenecieran sólo a los comercios que ocupaban los bajos de los edificios, que a esa hora estaban cerrados.

     Y llegó por fin al origen de tanto ruido. Se encontró de pronto con una elegante mansión, al final de la calle. Podía ver a través de los altos ventanales que estaba repleta de gente, y que estaban montando una buena fiesta. Desde luego, debía ser gente de mucho dinero, porque una casa así, por esa zona, no podía pagarla cualquiera. En la parte delantera, la majestuosa entrada estaba precedida por unas escaleras, y dos columnas a los lados, que sostenían un soportal. Varios arbustos rodeaban parte de la entrada, y pensó que seguramente aquella casa tendría un jardín trasero.

         En ese instante, se abrió la enorme puerta de entrada que tenía delante. Una esbelta mujer, vestida con lo que parecía un vestido estilo años 20, con el peinado a juego, apareció ante él, con un cigarro en la mano. Ella le sonrió y le habló:

            —Buenas noches, caballero. No he podido evitar fijarme en que estaba usted por aquí rondando solo. ¿Necesita algo?

          La voz aterciopelada de la dama le hizo estremecer.

            —Sí, bueno, de hecho, me vendría bien su ayuda—respondió Ramón.

        Ella bajó las escaleras contoneándose con una elegancia sublime. Ramón jamás había visto a ninguna mujer andar así, con excepción de las actrices que salían en las películas clásicas. Parecía que se deslizaba en el aire. Se puso delante de él y le dijo:

            —Usted dirá.

            —Verá, me he quedado sin batería en el móvil, y necesitaría hacer una llamada a un amigo con el que había quedado. No tardaré mucho, sólo necesito usar su teléfono para llamarle, y me iré.

         Ella dio una calada a su cigarro sin dejar de mirarlo. En ese momento, Ramón se fijó en que sus labios estaban pintados de carmín rojo.

            —No se preocupe, puede usar el teléfono cuanto quiera. Además, será mejor que entre, hace frío. Y adentro se está muy bien—contestó ella, sonriente.

         A continuación, le agarró del brazo y entraron juntos en la casa.

            —Anita, el señor es nuestro nuevo invitado, cógele el abrigo. —ordenó la dama a una joven sirvienta, que no tendría más de 16 años, y que llevaba una cofia blanca, guantes del mismo color, delantal, y traje negro.

       La muchacha hizo lo que le ordenaron, y ayudó a Ramón a quitarse el abrigo. Entonces, él paseó su mirada por la estancia. Delante de él, había una enorme escalera que se dividía en dos al final. La casa estaba decorada con flores, cuadros paisajísticos, jarrones, y demás parafernalia. Todo era muy antiguo, pensó. Parecía que había viajado en el tiempo. En ese momento, la dama indicó con el dedo que la siguiera.

        La música provenía de un tocadiscos, con una enorme bobina, y la casa estaba repleta de gente, también vestida estilo años 20. Ramón dedujo que seguramente era otra fiesta de disfraces.

        Atravesaron un enorme salón que estaba a mano izquierda de la entrada, donde todo el mundo reía, bebía y bailaba al ritmo de la música. Todos le observaban sonrientes, felices de que se hubiera unido a la fiesta. Llegaron al final de la sala, y allí entraron en otra habitación, que se encontraba tras una pesada puerta de madera de caoba.

       Era un despacho, presidido por una enorme mesa con tapetes, con paredes plagadas de libros, y un enorme cuadro de un señor sobre una chimenea.

            —Aquí está el teléfono. Sólo tiene que marcar y la operadora le pasará con quien usted quiera.

            —¿La operadora? —inquirió Ramón, mirándola extrañado.

            —Sí, la operadora. Bueno, le dejo para que hable. Después vuelva a la fiesta, se divertirá—respondió ella con una pícara sonrisa.

         Cerró la puerta tras de sí, y Ramón cogió el auricular. Se dio cuenta de que el teléfono era también antiguo, con la tecla de rueda, parecido al que conservaba su abuela en casa. Desde luego, a esta gente le gustaba lo vintage, pensó. Cuando se dispuso a marcar, una voz femenina al otro lado del teléfono le habló:

            —Operadora, ¿con quién le pongo?

       Ramón se quedó callado sin saber qué hacer. ¿Cómo era posible aquello en pleno siglo XXI? Debía ser una broma. Seguramente, al otro lado estaba otro de los invitados de aquella fiesta tan peculiar. No obstante, decidió seguir el juego.

            —Póngame con el número 697853092.

            —¿Disculpe?

            —Con el número 697853092, por favor.

            —Caballero, le informo que ese número no existe.

            —Claro que existe—respondió Ramón.

            —¿Puede decirme la dirección de ese número, por favor?

         Ramón negó con la cabeza. La broma no tenía gracia.

            —Mire, esto ya es demasiado. Haga el favor de colgar y dejarme hacer la llamada—respondió Ramón, enfadado.

            —Como usted quiera. Buenas noches—y dicho esto, colgó.

       Ramón resopló. No entendía qué demonios estaba pasando allí. Entonces, entró la anfitriona.

            —¿Todo va bien? —preguntó, sonriente.

            —La verdad es que no, no he podido llamar a mi amigo.

            —Oh, no se preocupe. En un rato puede volver a intentarlo. Mire, lo mejor es que se tome una copa de cava, coma algo, y disfrute de la noche. Total, seguramente su amigo también se esté divirtiendo.

         Ella le agarró del brazo y le arrastró hasta el salón, sin que Ramón pudiera decir nada. Se situaron delante de una alargada mesa llena de canapés. Un camarero se ocupaba de servir el alcohol a los invitados, que a esas horas ya andaban bastante perjudicados.

            —Por cierto, no me ha dicho cómo se llama—comentó la anfitriona mientras cogía un canapé.

            —Me llamo Ramón —respondió.

            —Yo me llamo María de las Mercedes. Aunque todos me llaman Merche. Mis padres me pusieron ese nombre en honor a la reina. Por lo visto, eran amigos de ella.

          Ramón alzó una ceja.

            —¿María de las Mercedes? ¿La esposa de Alfonso XII?

            —¡Exacto!

            —Pero ¿cómo es posible que sus padres fueran amigos suyos?

            —Pues no lo sé. Supongo que por que se movían en los mismos círculos.

        Entonces Ramón comprendió que le estaba tomando el pelo, que debía ser una broma y se rio. Apareció en ese momento otra de las invitadas. También iba vestida en plan años 20, con un llamativo broche en el pelo, que parecía de brillantes.

            —Merche, ¿no me vas a presentar? —dijo la chica, emocionada.

            —Pues claro, mujer. Este es Ramón. Ramón, esta es Luisa, una buena amiga mía.

       Luisa le dio dos besos en la mejilla, que le dejaron la marca del pintalabios color fucsia que llevaba.

            —¿Y de dónde has sacado a este hombre? —preguntó Luisa.

            —Pues de la calle—contestó Merche sonriente.

            —¿A qué te dedicas, Ramón?

            —Soy informático.

            —¿Informático? —inquirió Luisa frunciendo el ceño.

            —Sí, reparo ordenadores.

            —Ya sabes, en las fábricas y eso, Luisa—apuntó Merche.

       Ramón quiso aclarar el asunto, pero la sonora risotada de Luisa se lo impidió.

            —Ah sí, profesiones nuevas para el proletariado—añadió Luisa.

      Ramón alzó una ceja, un poco asqueado con el comentario.

            —Aunque, bueno, a ti te gustan esas cosas, Merche. A pesar de que vienes de alta cuna—dijo Luisa.

         Ramón no entendía nada, y Luisa se percató de ello.

            —Merche es hija de los marqueses de Guzmán. Aprovechamos que ahora no están en casa para hacer una buena fiesta. Están en San Sebastián pasando el fin de semana.

       Ramón miró a Merche. Desde luego se notaba que en ese ambiente había gente de dinero.

            —Exacto. No veas como se pusieron mis padres conmigo con la última fiesta. Casi me desheredan, porque encima el marqués de Finet estaba con una señorita en la habitación de mis padres. Tuve que portarme bien durante mucho tiempo para que me perdonaran.

            —Bueno, al final lo que importa es que se creen que te has reformado—dijo Luisa riéndose.

            Estaba perplejo. Vaya par eran aquellas dos.

            —¡Vamos! Hay que vivir un poco. No soporto vivir encorsetada. ¡Estamos en los felices 20! Y en España parece que estamos de funeral perpetuo.

           Merche dio un sorbo a la copa de cava que tenía en la mano. Ramón aún no había probado la bebida. No podía, porque estaba alucinado. ¿Los felices años 20? Recordaba que había oído eso en alguna clase de historia en la secundaria.

          De repente, empezó a sonar la música a todo volumen, y Merche le agarró y le invitó a bailar. Todos bailaban como locos. Parecía que se fuera a acabar el mundo ese mismo día, y estuvieran aprovechando los últimos minutos de sus vidas. Ramón se vio envuelto sin remedio en aquella atmósfera, que le empezaba a parecer siniestra. Igualmente, se lo estaba pasando bien, y se olvidó incluso de su amigo Fran. La música y las risas inundaban aquella sala que parecía sacada de un episodio del Ministerio del Tiempo.

          Todas aquellas damas y caballeros elegantes, casi soberbios, parecían personajes sacados de las películas mudas. Cuando dejaron de bailar, Ramón se apartó a un lado de la sala, y observó la decoración. Le encantaban las lámparas de araña hechas de cristal, y las lamparas de pie con flecos. El gramófono era ya una pieza de museo, aunque parecía que lo acabaran de comprar. Observó entonces a Merche, que estaba bailando con otro hombre. Se mostraba feliz, pero había algo que no le había pasado desapercibido.

        Se fijó en que su mirada parecía estar apagada, a pesar de que su sonrisa era resplandeciente. Ramón tuvo la impresión de que algo malo le había sucedido, o de que tenía una especie de sensación de algo inacabado. No supo muy bien cómo explicarlo, pero a medida que pasaban los minutos en aquel lugar, notaba que la atmósfera se hacía más pesada, tensa y triste. Tal vez sería porque pronto llegaría el final de la fiesta, y se acabaría la diversión.

           La música estaba tan alta que apenas le dejaba pensar. Si algún vecino quería venir a quejarse, ya podía llamar al timbre todo lo que quisiera, que nadie iba a oírle. Ramón se situó cerca de la ventana, para ver el exterior. Desde ese lado, podía verse parte del jardín, que parecía ser bastante bonito. Pudo distinguir una pequeña fuente que lo presidía en la oscuridad. Entonces oyó un ruido que venía del exterior de la casa. No sabía muy bien lo que era. Parecía que alguien estaba haciendo algo, como moviendo algo pesado.

      Se acercó más a la ventana, y observó que alguien estaba cerrando las contraventanas desde fuera, con tablones de madera. Le pareció extraño que nadie se diera cuenta, pero era normal, debido al ruido del interior. Quiso hacer saber que algo estaba pasando, pero se dio cuenta de que no tenía voz, y, por lo tanto, no podía articular palabra. El pánico estaba empezando a apoderarse de él.

             Entonces, observó que la lámpara de araña que tenía encima se tambaleaba, como si alguien hubiera saltado en el piso de arriba. De repente, empezó a oler a pólvora. No sabía bien de dónde venía ese olor. Su pulso se aceleró, y notó como un escalofrío recorría su espalda.

             En ese instante, se oyó una enorme explosión proveniente del piso superior, y todo se convirtió en fuego. Notó el dolor por la quemazón, y oyó gritos desgarradores. Todo era caos, angustia y sufrimiento. Los que hasta hace poco estaban bailando y riendo, ahora estaban hechos pedazos en el suelo, con trozos de muro y llamas sobre sus cuerpos, que ya no tenían vida.

        Ramón no sabía si estaba muerto o vivo. Empezó a gritar y llorar desesperadamente, y cerró los ojos, intentando creer que aquello era fruto de su imaginación. No obstante, el dolor era real. Le faltaba medio cuerpo. No sentía sus piernas. Sus manos estaban ensangrentadas, y sentía que la vida se le escapaba. Vio a su lado a una muchacha que tenía encima suyo un enorme trozo de pared. Levantó su cabeza, y le faltaba uno de sus ojos, y parte del cráneo. Ramón gritó horrorizado, al tiempo que veía a otro hombre, andando cubierto en llamas. Volvió a cerrar los ojos, intentando quitarse de la mente aquella escena.

            De repente, alguien le cogió por los hombros y le zarandeó. Entonces, se despertó. Dio un respingo y se incorporó. Tenía su cuerpo totalmente intacto. Se tocó las piernas, los brazos, la cara, y comprobó que estaba bien, que no había rastro de sangre, y que el dolor había desaparecido. Entonces miró a su alrededor. Delante de él, había un hombre mayor que iba con su perro. El hombre parecía preocupado y asustado. Ramón se dio cuenta de que estaba en medio de una especie de descampado. No había ningún rastro de la casa donde había estado.

            —¿Se encuentra bien? Menudo susto nos ha dado. Pensaba que le estaba dando un infarto—dijo el hombre.

            —Sí, estoy bien. ¿Dónde estoy? —preguntó Ramón, extrañado.

            —En la calle de A———, cerca de Antón Martín.

           Ramón volvió a mirar a su alrededor.

            —¿Quiere que llame a un médico o a la policía? Parece usted desorientado.

            —No, no. No se preocupe. Quería preguntarle algo. ¿Usted ha vivido siempre en esta zona?

            —Sí, señor. Nací en esta calle.

            —¿Aquí hay algún palacete o casa grande?

            —La hubo. En este mismo lugar.

            —¿En serio?

            —Sí. Era una casa grande, la mansión de unos marqueses. Mi padre trabajó para ellos durante un tiempo, antes de que yo naciera. Era una casa enorme, según me contaron. Tenían una hija, doña Mercedes, que me dijo mi padre que era una belleza.

            —¿Doña Mercedes?

           A Ramón se le heló la sangre.

            —Sí. Una mujer encantadora, según decían. Fue una lástima lo que le pasó.

            —¿Qué le pasó? —preguntó Ramón con temor.

            —Fue en 1927, creo. Según se contaba, fue un ajuste de cuentas que iba destinado al marqués. Se conoce que el hombre tenía negocios turbios, y los matones con los que se juntaba decidieron vengarse. Doña Mercedes organizó una fiesta de las suyas. Juergas nocturnas hasta las tantas de la noche. Aquella noche tenían la música muy alta, como siempre, y los tipos cerraron las ventanas y taparon las puertas para que no saliera nadie de allí. Entonces, entraron por el piso de arriba, colocaron explosivos, y una vez se alejaron, la casa voló por los aires con todos dentro. No quedó ni uno.

            Ramón sentía que el corazón se le iba a salir por la boca.

            —¿Está seguro de eso? —inquirió totalmente aterrorizado.

            —¡Pues claro! Lo sabe todo el barrio, y salió hasta en la prensa. Todo el mundo salió al oír la explosión. Fue espantoso. De hecho, creo recordar que hace poco se han cumplido noventa años de aquello. Fue en una noche de noviembre. Después de eso, los marqueses hicieron derribar lo que quedaba de la casa, y no volvieron a Madrid.

          Ramón prefirió guardarse para sí donde había estado la noche anterior. Aquel lugar no existía. Sólo quedaba de aquello algunos ladrillos y piedras que formaban los cimientos, ahora camuflados entre la hierba alta.

             El señor se despidió de él, y siguió con su paseo, mientras Ramón se recomponía, y ponía rumbo al metro más cercano. De repente, antes de abandonar el lugar, escuchó de nuevo un sonido familiar. Era la música del gramófono. Su corazón dio un vuelco, y miró a su espalda, pero no había nadie. A pesar de ello, el sonido no cesó, y a continuación, escuchó una risotada femenina. Sin más preámbulos, salió corriendo de allí, con el recuerdo de aquella macabra noche de diversión.

©2019, Andrea Muñoz Majarrez

¡Gracias por leer!

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