Cita con una estrella (Final)

Después de la cita, Dionne quitó de su cuarto los posters, guardó las películas de Mark donde no pudiera verlas, y lo mismo hizo con la foto de su taquilla. No quería saber nada de Mark Valentine. Un mito había caído, y ella iba a enterrarlo. Sus compañeros y sus familiares desconocían el motivo de ese cambio repentino de actitud, porque Dionne no les había contado nada. Dionne no sonrió ni se mostró alegre durante los dos días siguientes. No tenía ganas. Solo quería concentrarse en el trabajo.

amor

Una tarde, llegó al taller un Porsche 911 de los años 80, que dejó a todos totalmente asombrados. Era una auténtica preciosidad. Carrocería de color rojo, sin un solo golpe o arañazo. Parecía recién salido de fábrica. Al volante estaba Mark Valentine, ocultando sus ojos tras unas gafas de sol. Salió del coche luciendo un traje gris, camisa blanca, y un aspecto impecable.

Después de reflexionar, tomó la decisión de enmendar el daño causado, y para ello, debía ir a ver a Dionne. Gracias a John, averiguó donde trabajaba, y allí que se dirigió. No iba a irse sin hablar con ella.

—Buenas tardes. ¿Está Dionne Williams aquí? —preguntó Mark a uno de los mecánicos.

—¿¡Eres Mark Valentine!?—preguntó el mecánico, alucinado.

Mark sonrió.

—Sí, soy yo.

—¡Madre mía! ¡Qué alucine!

—Vengo a ver a Dionne. ¿Está?

—¿Qué si está? ¡Por supuesto! Le va a encantar verte, es super fan tuya. ¡Voy a buscarla! —respondió, alejándose.

Dionne, ajena a todo el revuelo, estaba con las manos metidas en el motor de un Ford, cuando vino su compañero a buscarla.

—Dionne, hay alguien que quiere verte—dijo sin poder disimular la emoción.

Dionne frunció el ceño.

—¿Quién quiere verme?

—Sal y lo ves. Vas a quedarte de piedra.

Se alejó del Ford, y salió al encuentro del desconocido, que no era otro que Mark Valentine. Al verle, efectivamente, se quedó de piedra. ¿Qué hacía ese tipo aquí?, se preguntó. Como no le había dicho a nadie lo ocurrido, no pudo montar en cólera y echarle. Eso no sería bueno para el negocio. Por eso, decidió saludarle con una sonrisa forzada.

—Buenas tardes, ¿en qué puedo ayudarle? —preguntó con toda la frialdad de la que fue capaz, a pesar de que le estaba costando, porque Mark le seguía gustando mucho.

Él puso su mejor sonrisa de estrella de cine.

—Hola, Dionne. Quería hablar contigo a solas, si es posible.

Ella le miró con suspicacia.

—Puede decirme lo que quiera aquí y ahora.

Mark se rascó la nuca, nervioso. No era nada fácil hablar con tanta gente mirando.

—Podríamos ir a tomar un café o a cenar…

—Lo siento, no tengo tiempo. Además, ya cenamos la otra noche y nos dijimos todo lo que teníamos que decirnos. Ahora si me disculpa, tengo trabajo—respondió, tajante.

Mark apretó la mandíbula. Entendía que había sido un capullo, pero eso ya era pasarse. Bueno, habría que sacar la artillería pesada para hacerla entrar en razón. Cogió la llave del coche y miró a Dionne directamente a los ojos. Ella frunció el ceño. ¿Qué pretendía? Entonces, él acercó la punta de la llave peligrosamente a la carrocería. Dionne abrió mucho los ojos, alarmada.

—¿¡Qué estás haciendo!?

Mark dibujó una sonrisa malvada.

—Estás a punto de rallarme el coche.

Dionne miró alrededor, y en ese momento, comprobó que nadie estaba mirando. El pulso se le aceleró por la inquietud. Se avecinaban problemas.

—¿Qué dices? Yo no voy a rallarte el coche—respondió, angustiada.

—Si aceptas tomar un café conmigo, no rallaré el coche, y no te echaré la culpa…

Este hombre era el demonio en persona, pensó Dionne, alucinada.

—No irás a hacerlo…

—Créeme, soy capaz de eso y mucho más. Recuerda que soy una estrella de cine consentida y caprichosa. Bueno, ¿aceptas?

—Esto es chantaje…

—Lo sé. Soy lo peor. Pero a veces no queda otra. Quizás mi talento solo sea el chantaje. Creo que me dedicaré a ello cuando deje el cine—aseveró con una sonrisa pícara.

Dionne sintió un cosquilleo en el estómago. ¿Cómo era posible que le gustara tanto este hombre? Suspiró con resignación, y decidió aceptar.

—Vale. Pasa a buscarme a las seis. Y ahora vete, antes de que me arrepienta—respondió.

Mark sonrió y finalmente, se marchó.

A las seis, ya estaba esperándola fuera, con su Porsche aparcado en la puerta. Dionne se puso unos vaqueros, una camiseta y una sudadera, un considerable contraste con Mark. Se dirigieron a una cafetería cercana y discreta, donde quizás hubiera suerte y nadie reparara en Mark. Pidieron dos capuccinos, y Dionne se mantuvo a la espera para escuchar lo que Mark tenía que decir.

—Quiero pedirte perdón por mi comportamiento y por haberme portado como un idiota—dijo él con sinceridad.

Dionne le miró a los ojos, e intuyó que estaba siendo honesto. Como no era rencorosa, decidió perdonarle.

—Disculpas aceptadas. No hacía falta que me invitaras a un café para decírmelo.

Mark sonrió, y de nuevo el corazón de Dionne volvió a latir a toda velocidad.

—Era necesario. Además, te debo una cita en condiciones. Quiero que empecemos de nuevo.

Él extendió su mano, instando a Dionne a estrechársela. Ella hizo lo propio, y al tocar a Mark, una cálida sensación la recorrió a arriba abajo.

—Hola, soy Mark. Encantado de conocerte.

Dionne sonrió.

—Soy Dionne. Encantada de conocerte.

Durante el resto del tiempo, que fue bastante, hablaron distendidamente de sus aficiones, sus gustos, el trabajo de Mark, el de Dionne, creando así un ambiente jovial y muy agradable. Rieron e intercambiaron miradas cómplices mientras degustaban sus respectivos cafés.

Hacía mucho que Mark no se divertía tanto. Dionne le hablaba con naturalidad, olvidándose de su estatus de estrella. Eso le gustaba más de lo que quería admitir. Dionne ya se había colado dentro de su corazón sin remedio. El tiempo pasó, y llegó la hora de despedirse.

Salieron de la cafetería, y Mark acompañó a Dionne hasta la puerta de su casa. Ninguno de los dos quería decir adiós, y se miraban de reojo, como intentando transmitir al otro su deseo de estar juntos.

Finalmente, llegaron a la puerta, y se miraron con tristeza.

—Bueno, me lo he pasado genial—dijo Mark.

—Sí, yo también—respondió ella, torciendo el gesto.

Una idea alocada cruzó la mente de Dionne. Si lo hacía, debía ser ahora. Y apartando la razón, siguió los dictados de su corazón. Rodeó a Mark por la nuca, se acercó y le besó. Él se quedó sorprendido en un primer instante, pero después, cerró los ojos, y respondió al beso de forma apasionada, estrechando a Dionne entre sus brazos. Se separaron unos centímetros, respirando con cierta dificultad.

—Esto…

—Esto es porque me gustas y porque en la vida hay veces que se presentan oportunidades que no debes desaprovechar—aseveró Dionne.

Mark sonrió, y se mordió el labio inferior. Le encantaba esa Dionne atrevida y alocada. Y quería descubrir más. Aquello era una locura. Hace dos días jamás se habría imaginado que caería rendido a los encantos de aquella mujer tan especial.

—Pues aprovechemos las oportunidades…

Cerraron la puerta tras de sí, y se adentraron en el dormitorio, mientras por el camino iban perdiendo la ropa. Se convirtieron en uno solo, y ya no volverían a separarse. Al final, Mark aprendió una lección muy valiosa: Jamás pierdas la humildad ni olvides tus principios. Además de esto, comprobó que no siempre se puede luchar contra el destino. La estrella que conquistaba corazones allá donde iba vio como el suyo le era arrebatado por una mujer maravillosa que le hizo poner los pies en la tierra. Y él feliz por ello.

FIN

©2019, Andrea Muñoz Majarrez.

 

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