Cita con una estrella (Parte 1)

Dionne estaba terminando de arreglarse delante del espejo, preparándose para algo realmente importante para ella. Hoy no era una noche cualquiera. Esta noche tendría una cita especial y excepcional con el hombre de sus sueños.tyler-nix-594384-unsplash.jpg

Hace una semana, había llamado a la radio para participar en un concurso titulado Adivina la película. El asunto consistía en que, siguiendo las pistas que el conductor del programa daba, debías adivinar de qué película estaba hablando, y el premio era una cita con el actor del momento, Mark Valentine, protagonista del culebrón televisivo Besos de topacio.

Dionne llamó, adivinó la película sin problemas, y ganó el premio. Esto suponía cumplir un sueño. Mark Valentine era su amor platónico, el hombre de sus sueños, su ídolo. Cada semana, pasara lo que pasara y estuviera donde estuviera, no se perdía un solo episodio de la serie, en la que Mark interpretaba al heredero de unos viñedos, que tenía mil problemas y muchos líos amorosos, aunque su amor imposible era su amiga Lauren, interpretada por la actriz Donna Strauss. Y no solo era seguidora fiel de la serie, sino del trabajo de Mark en general. Veía todas las películas en las que participaba, series, incluso anuncios, que ya había protagonizado unos cuantos. Incluso se sabía algunas líneas de diálogo de los personajes que interpretaba Mark.

Su pasión por este actor se reflejaba en las paredes de su cuarto, que estaban empapeladas con su cara, al igual que la taquilla del taller donde trabajaba como mecánica. En el taller, que era de su familia, todos conocían su amor por Mark Valentine, y alguna bromita le hacían con el tema. Pero a Dionne no le importaba. Ella estaba convencida del talento de Mark y le admiraba profundamente.

Se preparó a conciencia para su cita: Vestido azul marino de manga corta, rebeca de color rosa, su media melena rizada oscura suelta, labios pintados de rosa, colorete del mismo color, y sombra de ojos azul oscura. Aunque no estaba habituada a llevar tacones, esa noche decidió ponerse unos, para mostrarse más femenina. Quería impresionar a Mark, y en el fondo, soñaba que él se enamoraría de ella a primera vista, y nunca querría dejarla marchar.

Salió de casa, y antes de marcharse, pasó por el taller, que ya estaba a punto de cerrar, para que su hermano, su padre y sus compañeros la vieran. El taller estaba a pocos metros de su casa, así que no tardó en llegar. Cuando entró, todos se la quedaron mirando, alucinados.

—¡Pero bueno! ¿Esa es mi Dionne?—preguntó su padre, impresionado.

—Aunque la mona se vista de seda, mona se queda—comentó su hermano con sorna.

Dionne perdió la sonrisa, y fulminó a su hermano con la mirada. Mientras, su padre resoplaba.

—Tú ni caso, estás guapísima, hija—le dijo su padre con una sonrisa.

Dionne volvió a sonreír.

—Gracias, papá.

—¡Menudo bombón estás hecho, Dionne!—exclamó uno de sus compañeros.

—¡A por él, Dionne!—dijo otro.

Estos comentarios llenaron a Dionne de confianza, y finalmente, se dirigió a su cita. Tomó un taxi, que la dejó en la puerta del restaurante Laurie, uno de los más famosos de la ciudad. Entró hecha un manojo de nervios. En la entrada, se dirigió al metre para decirle quien era, y al momento, salió un hombre a recibirla.

—Dionne Williams ¿verdad?—preguntó el hombre, que iba trajeado.

—Sí, soy yo.

—Encantado. Soy John Marshall, el mánager de Mark. Él ya te está esperando—dijo John con suma amabilidad.

Dionne sonrió, y notó cómo las piernas le temblaban, aunque consiguió llegar a la mesa por su propio pie. Alzó la vista y por fin le vio. Ahí estaba. Su ídolo, el protagonista de sus fantasías. Mark Valentine estaba sentado en un reservado, al fondo del local. Llevaba un traje oscuro y una camisa clara. Con los codos apoyados sobre la mesa, se mostraba serio, casi molesto. No le entusiasmaba demasiado la idea de cenar con una admiradora que probablemente empezaría a balbucear nada más verle. Odiaba estas cosas, y había accedido a esto a regañadientes.

Según decía John, era bueno tener contacto con el público y no vivir en una burbuja de glamour permanente, en la que habitan sabandijas que dicen ser tus amigos, pero que solo buscan alguna cosa de ti. Eso incluía también a las actrices y modelos que pasaban por su cama. Criaturas superficiales que solo le querían por su fama.

Sin embargo, esto a Mark parecía no importarle, porque disfrutaba de todo eso, y no le gustaba ver la realidad. Estaba seguro de que siempre disfrutaría del amor del público, sobre todo del femenino.

Dionne llegó a la mesa, y John le apartó la silla para que se sentara. En ese momento, creía estar soñando. Tenía a Mark Valentine delante y aún no se lo creía. Podía oler su perfume desde donde estaba: 212 de Carolina Herrera. Lo sabía porque leyó un test que le hizo una revista a Mark, en el que decía que era su colonia favorita. Su ídolo la miró y la sonrió levemente, sin entusiasmo.

—Mark, te presento a Dionne. Es una gran fan tuya. Bueno, os dejo para que habléis. ¡Que os divirtáis!—dijo John, dándole una palmadita en el hombro a Mark.

—Sí, gracias John—respondió Mark, con aire cansado.

Dionne no podía dejar de sonreír, y a pesar de los nervios, habló:

—No sabes la ilusión que me hace estar aquí contigo. Es un sueño cumplido, de verdad. Te admiro muchísimo. Tengo todas tus películas y también las series. Creo que eres un actor increíble.

—Gracias—respondió él, tomando un sorbo de vino.

Dionne empezaba a notar cierta frialdad en la actitud de Mark, aunque lo atribuía a que quizás fuera un poco tímido.

—Seguro que te reirás cuando te lo cuente. Tengo un poster tuyo colgado en la taquilla del taller donde trabajo. Los chicos a veces me toman el pelo, pero yo les contesto que eres mi ídolo y que nadie se mete contigo. Por cierto, soy mecánica. Si tienes alguna avería, no dudes en venir al taller. ¡Te haré descuento! —comentó, entusiasmada.

—Lo tendré en cuenta—respondió, cortante.

Dionne se quedó algo desconcertada ante esa respuesta tan escueta. En ese momento, el camarero vino a tomarles nota, y una vez lo hizo, les dejó a solas de nuevo. Mark entonces sacó su teléfono, y empezo a mirar la pantalla, ignorando por completo a Dionne. Ella, a pesar de todo, intentó entablar conversación.

—Leí en una entrevista que tienes un Porsche 911. Un vecino mío tuvo uno, aunque le daba problemas el carburador. Si tienes algún problema coméntamelo, porque me encantan los clásicos. Imagino que te gustan los coches ¿verdad?

Mark torció el gesto, algo hastiado porque no tenía ganas de conversar. Entonces, apartó la vista del teléfono y dijo:

—Oye, voy a decirte algo, y espero que no te lo tomes a mal. Esta cita para mí es una obligación. Desde el principio no me gustó la idea, y no tengo demasiadas ganas de participar en la conversación. Te aconsejo que disfrutes de la cena, y luego dejaré que te hagas unas fotos conmigo. Pero ni somos amigos, ni esto es una cita de verdad. ¿De acuerdo?

Dicho esto, Mark volvió a mirar su teléfono, ignorando de nuevo a Dionne. La desilusión y la decepción se reflejaron en su rostro. << ¿Es este idiota al que he estado admirando durante tanto tiempo?¡Qué idiota he sido!>>, pensó con enfado. De repente, la comida dejó de ser apetecible, al igual que la compañía. Por ese motivo, Dionne decidió marcharse, no sin antes decirle unas cuantas cosas a ese imbécil.

—Te crees el tío más genial del universo ¿verdad?—comentó, mirándole con desdén.

Este comentario sarcástico captó la atención de Mark, que la miró, desconcertado.

—¿Cómo dices?

—Con tu smartphone, tu perfume de Carolina Herrera, tu traje de Armani, y esos aires de príncipe que me llevas. Crees que por haber hecho unas cuantas películas buenas, y por protagonizar una serie de éxito, eres un ser intocable, y que humildes seres como yo no tenemos el derecho a respirar el mismo aire que tú. ¿Pues sabes una cosa? No te creas tan importante porque no eres para tanto. Eres un mortal igual que yo, que se lo tiene muy creído. Y con esa actitud de rey del universo que te gastas, demuestras tener poco cerebro.

Mark apretó la mandíbula, al tiempo que notaba que le ardía la sangre. ¿De qué iba esa tía?

—¿Pero qué…?

—¡Espera! ¡Que no he terminado! —le dijo Dionne, mirándole con furia en los ojos—. Te consolará el hecho de saber que aquí hay alguien más idiota que tú. Sí, yo. He estado años leyendo sobre ti, pagando por ver tus trabajos, pegada a la tele para ver la serie, incluso soñando contigo. Para mí, esta iba a ser una noche fantástica. ¿Sabes cuantas posibilidades hay en esta vida de sentarte a cenar con alguien a quien admiras? Una entre millones. Por eso, me sentía muy afortunada. Sin embargo, ahora mismo, me siento una estúpida integral. ¿Y sabes qué te digo? Que no mereces mi respeto. No eres un artista, no eres un actor. ¡Eres un mamarracho! Con una cara bonita, eso sí. Pero ¿qué pasará cuando llegue otro niño guapo y dejen de llamarte? Yo te lo diré. Te quedarás solo. Porque toda esa gente que tienes alrededor no te quiere de verdad, aunque tú creas que sí. Y ahí es cuando recordarás esta noche. Así que, lo has conseguido. Has perdido a una admiradora.

Después de escuchar aquellas devastadoras afirmaciones, Mark sintió una punzada de dolor en el corazón, y se revolvió incómodo, mientras Dionne se alejaba de allí. John le echó una buena bronca por su comportamiento, y Mark no le quitaba un ápice de razón: había sido un capullo.  Las palabras de Dionne le hicieron reflexionar por primera vez en mucho tiempo. En ello estuvo pensando el resto de la noche, y finalmente tomó una decisión…

CONTINUARÁ…

©2019, Andrea Muñoz Majarrez.

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