Benditos egoístas

Restaurante Fabiano, nueve de la noche de un sábado cualquiera. Estamos en pleno mes de septiembre. La gran mayoría de los mortales ya está adaptándose a la rutina después de los meses de verano. Algunos han dejado muchas cosas atrás, como amoríos de meses estivales, de minutos o de instantes. Otros han estado metidos en Internet, y han tenido tiempo de tener animadas conversaciones con desconocidos en la red de redes, que pronto derivarán en encuentros cara a cara. Cuando uno va a conocer a aquel que está tecleando detrás de un ordenador, a esa criatura con la que sientes que has conectado, siente unos nervios y una excitación irrefrenable.

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Y en esto estamos metidos. Dos personas que han estado hablando durante tres meses a través de la red de redes, por fin van a conocerse en persona. Previamente a este encuentro, los dos individuos, un hombre y una mujer, han enviado al otro una fotografía para poder reconocerse con facilidad. El punto de encuentro es el restaurante, a las nueve en punto.

En una mesa del fondo, alineando los cubiertos, y hecho un manojo de nervios, está Álvaro, un tipo alto, guapo, con los ojos castaños y el pelo oscuro. Ahora mismo, está esperando a una tal Elena87, que es el nick que su cita emplea en la red. No sabe nada de ella, solo ha visto una foto suya. Según esta información, ella tiene el pelo castaño largo, y los ojos verdes. Y digo que no sabe nada de ella, porque Álvaro nunca ha chateado con Elena.

<<¿Quién me manda a mí hacerle caso a Carlos y venir en su lugar?>>, piensa Álvaro, enfadado consigo mismo.

Efectivamente, Carlos, su mejor amigo y compañero de trabajo, es quien ha estado todo el verano chateando con Elena, a la que conoció en una aplicación para buscar pareja. Su amigo, un tipo un tanto egoísta, decidió enviarle a Elena una foto de su amigo Álvaro, haciéndole creer que era él. ¿Y por qué Carlos no acude a la cita? Porque la foto que le envió Elena de su aspecto no le gustó, y cual cobarde y engreído, ha decidido pasar de ella y dejar que su amigo se meta en el lío que él ha armado.

—Mira, tú solo tienes que cenar con ella, charlar un ratito, y luego si te he visto, no me acuerdo—le explicó Carlos con absoluta naturalidad.

—¿Y por qué no vas tú? —preguntó Álvaro, furioso.

—¿Cómo voy a ir yo si le he enviado tu foto? Va a pensar que soy un embustero.

—Es que lo eres, Carlos.

—Pero ella no tiene por qué saberlo.

Elena está en la misma situación. Bueno, Elena no, su amiga Claudia, que va andando camino del restaurante. Claudia es la joven alta, con el pelo castaño y los ojos verdes de la foto que le llegó a Carlos. A ella también la han metido en este lío. Su querida y caprichosa amiga Elena ha decidido no acudir a la cita porque el chico de la foto no le convence, a pesar de que a Claudia le parece un bombón.

—Venga, Claudia. ¿Qué te cuesta? Además, llevas un montón de tiempo sin tener una cita, te vendrá bien salir—le pedía Elena haciendo pucheros, como siempre.

—Elena, esto no está bien. No me gusta mentir.

—Solo vas a mentir un pelín. Además, no puedo ir yo después de enviarle tu foto.

—A todo esto, ¿quién te dio permiso para hacer eso?

Elena se queda sin argumentos, lloriquea cual actriz de Hollywood, y contraataca:

—¡¡¡Claudi!!!! ¡¡¡¡Por fiiii!!!!

Y como siempre, Claudia, que es más buena que el pan, cede y acepta acudir a la cita, y sacar del apuro a su amiga.

Se detiene en la puerta del restaurante, y se alisa la falda del vestido negro que se ha puesto. Esa noche no hace mucho frío, y solo lleva una rebeca morada, que destaca sobre su vestido negro sin mangas. Respira hondo, y un camarero le abre la puerta. Entra y busca con la mirada a Carlos86, el hombre de la foto. Pronto su mirada se cruza con la de él, que está sentado al fondo.

En ese instante, nota como el pulso se le acelera. No solo por los nervios, sino porque le impresiona mucho la mirada de ese hombre: Cálida, fuerte y seductora.

Llega a la mesa, y Álvaro se levanta para darle dos besos. Se sientan, sin dejar de mirarse con cierta intensidad. Sonríen, y enseguida empiezan a conversar. Hablan sobre sus gustos, sus trabajos, sus aficiones, y descubren que tienen muchas cosas en común. Todo sin saber que ambos han mentido sobre su identidad.

A pesar de saber que no están siendo honestos del todo, intentan ser ellos mismos y se expresan con sinceridad, ya que no tienen nada que perder. Se sienten cómodos en su mutua compañía, y está resultando ser una cita de ensueño.

Al final de la velada, brindan, ríen, y hablan como si se conocieran de toda la vida. Su conexión es total. Sus miradas lo dicen todo: Se gustan, se desean, y lo que es más importante, se han enamorado sin remedio.

Sin embargo, los dos no pueden evitar sentirse culpables. Claudia cree que está haciendo algo incorrecto, que Carlos merece saber la verdad antes de que sea tarde. Y Álvaro piensa lo mismo. Se ha enamorado de Elena y no quiere mentir, pero se ve forzado a ello. Está seguro de que ella le despreciaría si supiera que le ha ocultado quién es en realidad.

Lo mejor, piensan ambos, es que esto se quede aquí, en una animada conversación, y partir sin mirar atrás. Al pagar la cuenta, las sonrisas se desvanecen porque ha llegado el momento de decir adiós. Se levantan de la mesa y a los dos les cuesta caminar, como si llevaran plomo en las suelas de sus zapatos.

Álvaro acompaña a Claudia a la boca de metro, quiere estar con ella todo el tiempo que sea posible. Claudia siente lo mismo. No quiere separarse de Carlos, aunque le cueste su amistad con Elena. Caminan en silencio, apesadumbrados, guardando la esperanza de que el tiempo se detenga. Sin embargo, no hay ningún genio que cumpla su deseo.

Finalmente, llegan a la entrada del metro, y tienen que despedirse.

—Bueno, pues ya hemos llegado—dice Claudia, jugando con los pliegues de su falda.

—Sí, hemos llegado—comenta Álvaro con tristeza.

Ambos se miran a los ojos, intentando expresar lo que sus corazones gritan, pero no hay forma de transmitirlo. El silencio domina el ambiente. Claudia se gira y dice:

—Adiós, Carlos.

—Adiós, Elena.

De repente, al oír ese nombre, algo dentro de Claudia se enciende. Una especie de llama, que provoca que un fuego arrollador haga arder su corazón, dándole la fuerza suficiente para expresar lo que siente. Se da la vuelta, y mira a Álvaro, que camina cabizbajo en la otra dirección.

—¡No me llamo Elena!

Álvaro se gira, y la mira, desconcertado. Claudia traga saliva, nerviosa ante lo que se puede avecinar.

—Elena es mi amiga. Se supone que es ella la que debería estar aquí esta noche. Mi nombre es en lo único que he mentido esta noche, Carlos, te lo prometo. Lo demás, lo que siento por ti y lo feliz que soy cuando estoy contigo, todo es verdad.

Álvaro se acerca a ella, con una amplia sonrisa de alivio dibujada en su rostro. Ahora ya no tiene miedo a decir la verdad.

—No me llamo Carlos, me llamo Álvaro. Soy amigo de Carlos, él es quien debería estar aquí esta noche. No contigo, sino con tu amiga Elena.

Ambos se ríen, sintiéndose totalmente libres al fin.

—Así que hemos sido víctimas del engaño de dos egoístas—dice Claudia, sonriente.

Álvaro agarra la cara de Claudia entre sus manos, mientras la mira con ternura.

—Benditos egoístas.

A continuación, desciende sobre sus labios, y se funden en un apasionado beso, que hace que el mundo desaparezca a su alrededor. A partir de ese momento, estos dos corazones solitarios no se separaron nunca más, y tuvieron que dar las gracias a sus dos amigos por pensar en ellos mismos. Llámalo destino, llámalo casualidad, llámalo amor.

FIN

©2019, Andrea Muñoz Majarrez.

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