La chica de Gran Vía

Son las ocho de la tarde de un frío sábado del mes de octubre de 1958. He salido a dar un paseo y a hacer unas compras por una abarrotada Gran Vía. La gente camina de un lado a otro, los coches circulan y se detienen delante del semáforo. Suena alguna bocina, mientras conversaciones apresuradas envuelven el ambiente, acompañadas de alguna risa. A estas horas ya ha oscurecido, y todo el mundo camina con cierta prisa.

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Las señoras van elegantemente vestidas con faldas hasta la rodilla, zapatos de tacón, bolsos de mano, y abrigos largos. Los caballeros llevan sombrero, gabardinas unos, abrigos largos otros, y elegantes zapatos de cuero, cuyas suelas golpean la acera, emitiendo una especie de chasquido a cada paso.

Si miras hacia arriba, puedes ver los enormes carteles pintados a mano, anunciando las películas que están en las carteleras de los muchos cines que hay en esta calle tan grande. Como en el Palacio de la Música, donde anuncian la película Al Este del Edén, protagonizada por James Dean.

Un autobús de dos plantas pasa cerca de donde yo estoy, lleno de pasajeros. Algunos de ellos bajan en la parada que hay justo delante. Giro mi cabeza, y miro al frente. Entonces, sucede.

Veo salir de una tienda a la chica más guapa que he visto en mi vida. No es muy alta, tiene el pelo rubio, sujeto en una coleta muy bien peinada. Lleva un abrigo largo de color claro, con un coqueto bolso de mano a juego. Me fijo en su rostro. Tiene la cara ovalada, y los ojos oscuros. Aunque no puedo deleitarme mucho con las vistas porque enseguida se aleja.

No parece tener prisa, porque camina despacio. Veo que centra su atención en los escaparates que hay a su paso, pero no se detiene delante de ellos. Siento como mi pulso se acelera, y una cálida sensación invade mi corazón. No siento el frío en mi cara, solo calor en las mejillas. Estoy nervioso y tengo miedo.

Deseo acercarme a ella y hablarle, pero no me atrevo. Si ella se asusta o se cree que quiero hacerle algo, un guardia estaría aquí de inmediato y acabaría pasando la noche en el calabozo. No sé qué hacer. Lo único que sé con certeza es que, por fin, a mis dieciocho años recién cumplidos, he sido víctima de un flechazo fulminante.

De repente, se detiene y yo hago lo mismo, expectante e inquieto. Al instante, se gira y me mira. Yo trago saliva. No sé si se ha dado cuenta de que llevo siguiéndola un buen rato. Me temo lo peor.

Cuando estoy dispuesto a darme la vuelta y disimular, ella me sonríe. ¡Sí! ¡Me sonríe! Mi corazón está dando saltos de alegría. Me mira como yo la miro a ella. Con ternura, con afecto. Unas traviesas mariposas revolotean en mi estómago, y siento que estoy flotando.

—Venga, Arturo, que tenemos que volver a casa. Los chicos están a punto de llegar, y aún no he preparado nada—dice ella.

En ese instante, regreso a la realidad. No estamos en 1958, sino en 2018. Ahí está mi mujer, delante de mí, mirándome con curiosidad.

—¿Estás bien? —me pregunta, acercándose a mí.

Yo sonrío.

—Sí, ¿por qué lo preguntas?

Ella se encoge de hombros, mientras yo la sigo mirando, embobado. Su cara surcada de arrugas es preciosa, y sus ojos castaños me tienen hechizado. ¿Cómo puedo ser tan afortunado?

—No sé, es que me miras como si fuera la primera vez que nos encontramos. Como aquel día, cuando te atreviste a hablarme—responde con su bonita sonrisa.

Yo me río. Sí, claro que la miro de la misma forma, porque lo que siento por ella no ha cambiado ni un ápice en estos sesenta años. Paso mi brazo sobre sus hombros y le doy un beso en la mejilla.

—¿Sabes que sigues siendo guapísima? Yo diría que más que antes—le digo, mirándola con picardía.

Ella me da una palmadita en el pecho, y veo que se ruboriza, mientras se ríe.

—¡Qué cosas me dices!

Regresamos a casa dando un tranquilo paseo. ¿Quién me iba a decir a mí entonces que acabaría casándome con la chica de Gran Vía?

FIN

©2019, Andrea Muñoz Majarrez.

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