¡Alto! ¡O Cupido dispara! (Parte 1)

Estamos en pleno mes de mayo, y la ciudad está llena de turistas, que se mueven por las estrechas calles del Madrid de los Austrias. Esa noche, Sakura, una profesora de artes marciales, alta, con el pelo largo y lacio de color negro, y los ojos castaños, ha salido a cenar con su mejor amiga, Martina, a un restaurante situado cerca de la Plaza Mayor. Hacía mucho tiempo que estas dos amigas no se veían, debido al poco tiempo que tienen por culpa de sus respectivos trabajos.

 

poster relato

En este instante, están las dos charlando animadamente sobre temas amorosos, un ámbito, el del amor, en el que Martina tiene mucha experiencia:

—Después de tomar unas copas, subimos a su casa, y ya sabes lo que viene después. ¡Fue increíble, Sakura! ¡Qué potencia, qué aguante! —explica Martina, entusiasmada.

Sakura dibuja una media sonrisa, mientras come un trozo de tarta de queso.

—¿Y vais a volver a veros?

—No lo sé todavía. Pero a mí no me importaría. Ese hombre está cañón. ¿Y tú para cuando vas a tener una cita? Mira, que tengo catalogo…

Sakura niega con la cabeza.

—Paso de líos. Tengo mucho trabajo. Mis alumnos se están preparando para las competiciones locales, y tengo mucho que hacer.

Martina alza una ceja, mirando a su amiga con suspicacia.

—¿No estarás pasando de los tíos por el capullo de tu ex? ¿Ese que te decía que tenías un cuerpo poco femenino?

Sakura agacha la mirada, dando la razón a su amiga.

—Yo mejor me quedo como estoy, así no sufro.

Martina pone los ojos en blanco.

—A ese le faltaban varias neuronas, no deberías haber tenido en cuenta lo que te dijo. De todas formas, una no puede huir del amor, porque Cupido siempre tiene las flechas preparadas, y cuando quieras darte cuenta, ya ha disparado una.

Terminan de cenar, y salen del restaurante para poner rumbo a casa, mientras siguen conversando sobre otros asuntos. Sin embargo, su charla se ve interrumpida por un acontecimiento que está teniendo lugar justo delante de ellas. Un forcejeo, una mujer que grita mientras intenta que un tipo no le robe el bolso. Finalmente, se lo arrebata y sale corriendo.

—¡Ayuda! ¡Al ladrón! —grita la mujer, desesperada.

Sakura no puede quedarse de brazos cruzados, y dejar que el ladrón se vaya de rositas, así que, le entrega su bolso a Martina y sale corriendo tras él. ¿Os he dicho que Sakura tiene un alto sentido del deber y la justicia? Si ocurren este tipo de cosas delante de ella, sale la superheroína que lleva dentro e intenta ayudar al damnificado. Corre con todas sus fuerzas, y en poco tiempo, llega hasta el ladrón. Él gira la cabeza mientras corre, con el bolso en la mano. Sakura ya está a su altura y cuando en el momento justo, se lanza sobre él, y lo derriba, dejándole tirado en el suelo.

Enseguida, puede oír las pisadas detrás de ella, indicando que Martina y la víctima del robo han llegado hasta allí. Sakura inmoviliza al ladrón con una llave de kárate, mientras este intenta escapar. Se oyen las sirenas del coche policial, que se detiene cerca de allí. Baja una pareja de policías: Dos hombres altos, de cuerpo robusto y gesto serio.

—Buenas noches, ¿qué ha pasado aquí? —pregunta uno de los policías.

—Señor agente, este tipo le ha robado el bolso a esta señora, y mi amiga le ha detenido mientras escapaba—explica Martina, señalando a Sakura, que se levanta mientras tiene al tipo agarrado.

Nada más alzar la vista, el mundo se detiene ante la visión que se presenta delante de sus ojos. Un hombre alto, moreno, de ojos claros, la mira fijamente, y Sakura se queda completamente absorta. La canción Tonight I’m yours de Rod Stewart empieza a sonar, y todo parece moverse a cámara lenta. Esos ojos la hipnotizan y la invitan a enamorarse, a rendirse y a entregarse.

—Disculpe, ¿ha oído lo que le he dicho? —pregunta el policía, cortando por completo su ensoñación.

Sakura sacude la cabeza y vuelve a la realidad. La canción de Rod Stewart sigue sonando desde un local cercano.

—¿Puede repetir la pregunta, agente?

—Su nombre, por favor.

—Sakura Domínguez Sakamoto, nacida y residente en Madrid, padres Gonzalo y Nakamura, soltera y disponible para que usted haga conmigo lo que le dé la gana—asevera, decidida.

De repente, todas las miradas se centran en ella, y Sakura se da cuenta de lo que acaba de decir. Ahora siente calor en las mejillas, mientras el agente de los ojos preciosos sonríe.

—Gracias por tantos datos, aunque algunos no eran necesarios…

Sakura traga saliva y agacha la mirada, muerta de vergüenza.

—Señor agente, se están equivocando de persona. Ella me ha agredido mientras paseaba tranquilamente por la calle—dice el ladrón con toda la naturalidad del mundo.

Sakura, Martina y la víctima le miran, indignadas.

—¡Señor agente, eso es mentira! Solo le estaba inmovilizando hasta que ustedes llegaran—se defiende Sakura.

—¡Eso! —exclama Martina.

—¿Ah sí? ¿Y cómo explicas que me duela tanto el brazo? ¿Te crees que eres Hulk o qué? —espeta el ladrón, intentando provocarla.

Sakura aprieta los puños y la mandíbula. ¿Le ha llamado Hulk? ¿Pero de qué va este tío? Encima de ladrón, impertinente. Se acerca a él, hasta tener su cara casi pegada a la suya.

—¡Retíralo!

Él dibuja una medio sonrisa. Está a punto de conseguir lo que quiere. Solo necesita decir dos palabras.

—Oblígame, marimacho.

Ya no hay vuelta atrás. El volcán ha estallado y Sakura va a partirle la cara a ese tipo. Intenta agarrarlo, pero el agente de los ojos preciosos se lo impide.

—¡Basta! ¡Déjele tranquilo! —le pide el agente, mientras la sujeta por detrás.

Ella se zafa, y se acerca de nuevo al ladrón, pero el agente de los ojos preciosos la agarra a tiempo.

—¡He dicho que basta! ¿¡No me ha oído!?—grita el agente.

—¡Qué fácil es para usted! ¡Como no le ha llamado Hulk ni marimacho! —exclama Sakura, enfadada.

—¡Mamarracha! ¡Hija de…! —dice el ladrón, riéndose.

El agente se enfada y grita:

—¡Deje de insultarla!

—Ha sido ella, agente. Me ha llamado gili…

—¡Te llama lo que eres, capullo! —exclama Martina, defendiendo a su amiga—. ¡Al final, te vas a llevar un zapatazo!

—¡Se acabó! ¡Todo el mundo a comisaría! —ordena el otro agente, mientras mete en el coche patrulla al ladrón.

Sakura mira al agente de los ojos preciosos, alucinada.

—Vamos, tú también—le ordena.

—¿Yo? ¿¡Por qué!? ¡Si no he hecho nada! —protesta.

—Tenemos que tomaros declaración, vamos.

La comisaria está a pocos metros del lugar de los hechos, así que van las tres andando junto al agente. Minutos más tarde llegan, y el agente les ordena que esperen sentadas fuera de su despacho. Están tomando declaración al ladrón, un viejo conocido que ya ha cumplido condena por robo.

—¿Estás bien, Sakura? ¿No te has hecho daño? —pregunta Martina, preocupada.

—Estoy bien, tranquila.

—Oye, muchas gracias por ayudarme. Si no hubiera sido por ti, ese sinvergüenza se habría llevado el bolso—comenta la mujer asaltada.

Sakura sonríe.

—No hay de qué.

—Por cierto, ese policía está cañón. Hija, me has dado una envidia cuando te ha agarrado. Debe ser un tío fuerte, porque para contenerte…—apunta Martina.

Las mejillas de Sakura vuelven a arder, y su pulso se acelera.

—Sí, es guapo, sí.

En ese momento, aparece el agente de los ojos preciosos, y se dirige a ella.

—Por favor, acompáñeme, debo tomarle declaración.

Sakura traga saliva, se levanta, y le sigue hasta su mesa. El agente se sienta al otro lado del escritorio, delante del ordenador.

—Por favor, ¿me deja su carné de identidad?

Sakura lo saca de su bolso y se lo entrega. Al mirarse las manos, se da cuenta de que tiene unos arañazos en el dorso. Debió ser cuando derribó al ladrón, y sus manos chocaron con el asfalto.

—Hay un botiquín si lo necesita—comenta el policía mirándola.

Sakura alza la vista y niega con la cabeza.

—No, no hace falta, gracias.

—Disculpe, pero me ha entrado curiosidad. ¿Es usted japonesa? Aunque no veo los rasgos.

—Mi madre lo es. Vino a España cuando era joven, se enamoró de mi padre y se quedó aquí.

—Vaya, interesante. ¿Y sabe hablar japonés?

—Hai! Sí, señor—responde Sakura con cierto orgullo.

—¿Profesión?

—Instructora de artes marciales.

Él dibuja una sonrisa ladeada, mientras teclea.

—Ahora entiendo que pudiera inmovilizarlo perfectamente. ¿Algún arte marcial en concreto?

—Karate. ¿Usted sabe artes marciales?

—Sí, kárate y taekwondo.

Sakura se muerde el labio inferior, nerviosa.

—Pues, si quiere, puede pasarse cuando quiera por nuestro gimnasio, y podría invitarle a tomar té japonés, que me mandan mis primas de Japón…

—Lo siento, pero no me interesa—responde, tajante

Sakura tuerce el gesto. Se había dejado llevar por la buena atmósfera que reinaba entre ellos. Sin embargo, ella estaba allí para que la interrogaran, no para intentar ligarse a un agente de la ley.

—Ahora, por favor, cuénteme lo que ha pasado con todo detalle.

Sakura narró todos los detalles de lo sucedido, mientras el agente escribía todo en el ordenador. Cuando termina de declarar, el agente dice:

—Pues eso es todo, puede marcharse a su casa.

Sakura se queda un poco extrañada.

—¿No estoy detenida?

El agente frunce el ceño y se ríe.

—No, solo queríamos tomarle declaración. El hombre al que hemos detenido es un viejo conocido, que ya tiene antecedentes por el mismo delito. Usted le detuvo y eso nos ayudó mucho.

—Pero casi le pego…

Él vuelve a sonreír, y Sakura nota como está a punto de derretirse en la silla.

—Sin embargo, no lo hizo. Aunque le aconsejaría que antes de saltar, cuente hasta diez, y que no haga caso a las provocaciones. No tenemos motivos para retenerla. A menos que tengo un delito que confesar…

<<¿Un delito? Sí, agente. Confieso que me he enamorado locamente de usted, y que estaría encantada de que me hiciera un registro o lo que surja>>, pensó Sakura.

—No, nada que confesar, agente—responde con toda la calma que puede.

A continuación, Sakura se levanta, dispuesta a marcharse.

—Buenas noches, agente. Gracias por todo.

—Gracias a usted. Y tenga cuidado al volver a casa.

Sakura asiente, y minutos después, se marcha de la comisaría, acompañada de su amiga Martina. Mientras se alejan, Sakura siente un gran peso en el corazón. Ha caído víctima de un flechazo, pero sabe con certeza que no volverá a ver a su agente de los ojos preciosos, del que no sabe ni el nombre. Además, él ha dejado bien claro que no le interesa volver a saber nada de ella.

Horas más tarde, cuando está recogiendo su mesa, dispuesto a marcharse, ya que su turno ha acabado, el agente de los ojos preciosos se da cuenta de que tiene algo que no debería: el carné de identidad de Sakura Domínguez. Mira el documento y dibuja una media sonrisa.

—Bruno, ¿te marchas ya? —pregunta uno de sus compañeros, que pasa por su lado.

—Sí, me voy a casa ya—responde, absorto.

—¿Y ese carné?

Bruno se gira y mira a su compañero.

—Es de una testigo, se lo ha dejado olvidado.

—Imagino que tendrás que devolvérselo.

Bruno sonríe de nuevo, triunfal.

—Sí, no me va a quedar más remedio…

CONTINUARÁ…

©2019, Andrea Muñoz Majarrez

 

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