Sonrisa azucarada

Varios amigos han quedado en un restaurante para compartir una deliciosa cena y una animada charla. Entre este grupo están tres personas a las que ya conocéis: Tristán, Ruth y Braulio. Han pasadotomas-skoloudik_20161013_152208696_m.jpg tres meses desde aquella mágica Nochevieja en la que Tristán y Ruth sellaron su amor. Estos ahora se muestran completamente enamorados, causando la envidia de muchos, entre ellos Braulio.

El corazón de Braulio lleva desocupado mucho tiempo, aunque amores de una noche no le faltan. Al fin y al cabo, es un tipo alto, con muy buena planta, cuerpo musculado, pelo corto y oscuro, y unos ojos claros que dejan sin respiración a quien se pierde en ellos.

Sin embargo, Braulio está cansado. Observa con anhelo como Tristán y Ruth se intercambian miradas cómplices. En el fondo, él desea encontrar a alguien que le comprenda, que entienda lo que quiere decir sin necesidad de hablar, y que le conozca de verdad. En definitiva, compartir su vida con alguien y dejar atrás los días solitarios.

children-1879907_640Al día siguiente, Braulio recibe una llamada de su hermana Clara, pidiéndole que vaya al colegio de su sobrino Quique, de siete años, a buscarlo, porque ni ella ni su marido pueden. Nuestro amigo acepta el encargo sin problema, porque adora a ese pequeñajo de sonrisa desdentada y ojos claros como los suyos. Nada más verle, Quique va corriendo hasta él y enseguida se lanza a sus brazos. Braulio le levanta y ambos dan vueltas entre risas.

—¡Tío Braulio! —exclama el pequeño, mientras su tío le deja en el suelo.

—¿Cómo ha ido el cole, campeón? —pregunta, mientras coge la mochila del niño.

—Bien, hoy la seño me ha dicho que la redacción que hice sobre el día que fuimos al parque de atracciones es muy buena, y me ha puesto un sobresaliente.

—¡Pero bueno! ¡Estás hecho todo un escritor!

Quique levanta el mentón con orgullo y sonríe.

—Habrá que celebrar ese sobresaliente. ¿Qué te apetece hacer?

—Quiero ir a la pastelería de Carlota a comer una sonrisa azucarada.

Braulio frunce el ceño.

—Vale, aunque no sé donde está ese sitio. Pero, oye, ¿qué es una sonrisa azucarada?

—No puedo explicártelo, tío, tienes que probarlo. No te preocupes, está aquí al lado del cole, yo te llevo.

Minutos más tarde, llegan a la entrada de la pastelería Herminia Ruiz, que es así como realmente se llama el establecimiento. Se trata de un negocio regentado por la familia Ruiz desde hace cuatro generaciones, donde venden tartas, pasteles y dulces tradicionales. Todo hecho en el horno que tienen en la trastienda, siguiendo las viejas recetas de la fundadora de la pastelería. Desde fuera, el olor a hojaldre recién hecho inunda las fosas nasales, provocando que te entren ganas de comer, aunque no tengas hambre.

Quique y Braulio entran, y enseguida se acomodan en una de las mesas que hay allí dispuestas, porque en este lugar sirven desayunos y meriendas. El local es bastante grande. Tiene varias cristaleras donde están expuestos los distintos productos junto al mostrador. Las paredes están cubiertas de paneles de madera al igual que el suelo, lo que da un ambiente cálido y acogedor.

—¿Te gusta el sitio, tío? —pregunta Quique, animado.

—Es muy bonito. Ahora lo que tengo es curiosidad por saber qué es eso de la sonrisa azucarada.

68d70d7d1585edc8d26275479217c8d5--curvy-models-curvesQuique se ríe con picardía, pero no dice nada. Le gusta eso de guardar el misterio. En ese momento, llega hasta su mesa Carlota, la hija del dueño y tataranieta de la fundadora. La mujer tiene treinta años recién cumplidos, un cuerpo curvilíneo, el pelo castaño, los ojos claros, y una dulce sonrisa que contagia alegría y serenidad a cualquiera que la observa.

—¡Hola, Quique! ¿Cómo estás? —pregunta Carlota con su simpatía habitual.

—¡Hola, Carlota! Bien, aquí, que vengo a celebrar que la seño me ha puesto un sobresaliente.

—¡Enhorabuena! Y veo que has venido con tu padre…—comenta ella, mirando a Braulio con timidez.

Él la mira dibujando una arrebatadora sonrisa, que provoca calor en las mejillas de Carlota. Normalmente, suele ver hombres muy guapos en la pastelería, pero aquel tenía algo especial.

—¡No es mi padre! ¡Es mi tío Braulio! —exclama Quique entre risas, aclarando el asunto.

Carlota se siente aliviada en ese momento, aunque tampoco se hace ilusiones. Seguramente, aquel hombre ya tiene novia.

—Encantada, soy Carlota—se presenta ella, con una sonrisa.

A Braulio aquella sonrisa le gusta, y de repente, se siente como en casa.

—Braulio, el tío de este trasto. Encantado de conocerte.

—Bueno, ¿ya sabéis lo que queréis tomar? —pregunta Carlota mientras coge la libreta y el bolígrafo del bolsillo de su delantal.

—Para mí lo de siempre—contesta Quique con aire de señor mayor.

—¿Y qué es lo de siempre? —inquiere Braulio.

—Una sonrisa azucarada y un batido de chocolate.

—Pues mira, yo también voy a tomar una sonrisa azucarada, que tengo curiosidad, y un café con leche, por favor.

—Perfecto, enseguida os lo traigo—responde Carlota. A continuación, se gira y regresa al mostrador.

Braulio la observa mientras se aleja. Aquella mujer le intriga, y no sabe por qué.

—Ya verás, tío. Cuando pruebes la sonrisa azucarada te vas a chupar los dedos, y vas a querer venir más veces—asegura Quique.

Braulio dibuja una sonrisa enigmática.

—No sé por qué, pero estoy casi convencido de ello—responde casi para sí mismo, mientras no deja de mirar a Carlota, que, en ese momento, está atendiendo a unos clientes.

No entiende por que se siente tan fascinado por esa mujer. No es su tipo, y aún así, hay algo en ella que le atrae. Y su sonrisa es tan encantadora, que provoca que unas traviesas mariposas se pongan a revolotear en su estómago.

En ese momento, Carlota trae una bandeja y les sirve lo que habían pedido, para a continuación, dejarlos solos de nuevo. Por fin, el misterio queda desvelado. La sonrisa azucarada es una ensaimada cubierta de azúcar glass, nada del otro mundo. En cierto modo, Braulio se siente decepcionado.

—Vaya, no esperaba esto…

—Sí, tío, ya sé lo que estás pensando, pero tienes que probarlo y lo entenderás.

Braulio obedece y pega un mordisco a la ensaimada. No tarda en darse cuenta de que se había equivocado. Un sabor dulce y delicioso recorre su paladar. Nunca había probado una ensaimada tan rica. Está rellena de una suave crema que no empalaga y que endulza los sentidos. Esto provoca que se produzca el gesto que ha dado nombre a ese dulce en concreto: una sonrisa cubierta de azúcar glass. Tío y sobrino dibujan sendas sonrisas azucaradas para deleite de Carlota, que los observa desde el mostrador con su corazón latiendo a toda velocidad debido a la emoción. De repente, Braulio posa su mirada en ella, y Carlota se ruboriza, mientras siente un cosquilleo en el estómago. Aquel hombre le gusta mucho.

Después de terminar la merienda, Braulio y Quique se marchan, despidiéndose de Carlota con una sonrisa de satisfacción. Ahora una pregunta rondaba la cabeza de Carlota: ¿volvería a verle? No estaba convencida del todo, y ya se preparaba para intentar olvidarle, aunque sabía con certeza que esa noche soñaría con él. Cupido había hecho de las suyas y había clavado una certera flecha en su corazón.

Más tarde, Braulio regresa a casa con Quique, y este le cuenta a su madre lo que habían hecho esa tarde.

—Vaya, menuda celebración habéis hecho. ¡Qué suerte! —comenta Clara ante el relato de su hijo—. La próxima vez voy yo también.

En ese instante, a Braulio se le ocurre comentar una idea que se le lleva pasando por la cabeza desde que salió de la pastelería.

—Oye, esta semana ¿vas a ir a buscar a Quique al colegio? Porque si no puedes, no hay problemas, puedo ir yo…

Clara mira a su hermano con suspicacia.

—¿Ah sí? Bueno, la verdad es que esta semana tengo mucho lío y no me vendría mal…

—¡Perfecto! Mañana me paso a buscarle y merendamos en la pastelería. ¿Te apetece, Quique? —pregunta Braulio lleno de entusiasmo a su sobrino.

Quique sonríe y responde:

—¡¡Sí!!

—¡Genial! Bueno, me marcho ya—dice Braulio dándoles un beso en la mejilla a cada uno.

Clara, mientras tanto, aún está desconcertada por el entusiasmo repentino de su hermano.

—Oye, pero…

Ya es tarde, porque Braulio acaba de marcharse. Entonces, Clara mira a su hijo.

—¿Tú sabes qué le pasa al tío Braulio?

Quique mira a un lado y a otro con gesto inocente, y contesta:

—Creo que le gusta mucho la sonrisa azucarada.

Clara se ríe ante la respuesta de Quique. Mientras, Braulio sonríe sin motivo aparente, pensando que va a volver a ver a la mujer de la sonrisa azucarada. ¿Será posible que esto no sea solo una simple ilusión o un hechizo momentáneo?

CONTINUARÁ…

©2019, Andrea Muñoz Majarrez.

 

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