Los primeros minutos del año

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Son las ocho de la mañana, y Ruth va camino del trabajo, subida en un vagón del metro, leyendo una novela. Ya estamos en esa época del año en la que las luces navideñas iluminan las calles, y todo el mundo se da prisa en enviar su carta a Papá Noél o los Reyes Magos para que les traigan los regalos que quieren encontrarse al pie del árbol.

Ruth no ha pedido nada especial este año, porque ha sido afortunada. Tiene un empleo que le gusta y con el que gana el dinero suficiente para vivir bien, sus amigos y su familia son felices, y no parece necesitar nada más. Bueno, quizás sí. Una pareja con la que compartir sus días, que a veces pueden ser algo solitarios. Tampoco busca, simplemente piensa que, si tiene que suceder, así será.

De repente, alza la vista y cruza su mirada con un hombre que está sentado justo enfrente de ella. Él sostiene un libro entre sus manos, Noches Blancas de Dostoievski, uno de los favoritos de Ruth. Sus ojos grises la observan con curiosidad. El hombre lleva un gorro de lana azul, pero pueden verse algunos mechones de su cabello oscuro un poco largo, encima de su abrigo.

En ese instante, él dibuja una sonrisa, y ella siente calor en sus mejillas, al mismo tiempo que su pulso se acelera y su corazón late a toda velocidad. Una atmósfera íntima llena el poco espacio que los separa, y todo parece desaparecer a su alrededor.

Sin embargo, el momento de intimidad se ve interrumpido porque el tren se detiene en la estación en la que Ruth debe bajarse. Hora de despertar de la ensoñación. Mientras sale del vagón y camina por el andén en dirección a las escaleras, se pregunta si ha sido amor a primera vista o un mero espejismo. Se siente azorada, y le es imposible quitarse de la cabeza el rostro de ese hombre en todo el día.

A Tristán lo ocurre lo mismo. La mirada color miel de esa mujer le ha dejado cautivado. No es de los que creen en el flechazo, él es mucho más realista y práctico. Sin embargo, no sabe cómo explicar lo que siente por alguien con quien no ha cruzado una palabra.

Pasan los días y las fiestas navideñas se suceden. No vuelven a encontrarse, y tanto Ruth como Tristán achacan esa tristeza que sienten a la nostalgia que despiertan estas fechas tan señaladas.

Pero yo, el destino, tengo preparada una buena sorpresa para estos dos.

Llega la última noche del año, y Ruth y Tristán van a celebrarlo lejos de sus familias. Luis, amigo de Ruth desde el instituto, organiza una fiesta en un local para despedir el año. Ruth viste un elegante vestido negro largo de terciopelo de manga larga, y llega hasta la barra para pedir algo de beber. Una vez tiene su bebida, pasea su mirada alrededor, mientras charla con algunos amigos.

Tristán llega al lugar del encuentro y entra al local acompañado de su amigo Braulio, el hermano de Luis. Ambos llaman la atención por su altura y su cuerpo musculado. Tristán parece un auténtico vikingo con su melena suelta, vistiendo unos pantalones de vestir oscuros y una camisa blanca desabrochada por encima del pecho, que capta la atención de las damas allí presentes. Sin embargo, él no está de humor para ligar esa noche. Sigue sin poder quitarse de la cabeza a la mujer de los ojos color miel.

Y llega el momento cumbre de la noche. Las campanadas. Todos cogen su vaso de plástico que contiene las doce uvas de la suerte, y a través de la televisión, siguen la emisión en directo desde la Puerta del Sol de Madrid. Como cada año, explican que antes de meterse una uva en la boca, hay que esperar a que suenen los cuartos, aunque seguro que hay algún despistado que la lía, como siempre.

Empieza la cuenta atrás, y después de un breve silencio, suena la primera campanada. Las risotadas, esa uva traviesa que se cae, el que las acumula en la boca… Y por fin, damos paso al año nuevo. Se suceden los abrazos, los besos y las sonrisas. Alguno traga todo lo que puede, mientras intenta masticar las uvas que aún tiene en la boca.

Ruth y Tristán se pasean por la sala, buscando algo. ¿Quizás algún amigo al que aún tengan que felicitar el año?

Y sucede. Ese momento mágico. Acaban de encontrarse durante los primeros minutos del año. En medio del gentío, que desaparece cuando cruzan sus miradas. Se quedan inmóviles, ni siquiera pestañean. En la vida se presentan oportunidades que no deben dejarse escapar, y ellos no están dispuestos a hacerlo. Sonríen, se acercan y finalmente, uno de los dos, habla:

—Soy Tristán.

—Soy Ruth.

—Feliz año nuevo—dicen al unísono.

No hay más palabras, porque se funden en un dulce beso que sellará una unión inquebrantable.

Y ahora me despido, que tengo que seguir ejerciendo mi magia con algún alma despistada.

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