El vecino (Segunda parte)

this-male-model-is-the-eye-candy-humanity-deserves-2-11637-1406336805-3_dblbig

Es lunes por la mañana y toca ir a trabajar. Son alrededor de las ocho cuando salgo de casa, y me cruzo con mi vecina Meredith, que coge la misma línea de tren que yo. Llegamos abajo y salimos a la calle. Vamos caminando en dirección a la estación de tren, cuando veo a lo lejos a un hombre que me resulta familiar. Va vestido con unas mayas negras ajustadas, y una camiseta larga también apretada. Lleva unos auriculares puestos, y parece ir concentrado. Me ve y me sonríe. ¡Es Eddie! ¡Ay, mi corazón está dando saltitos de alegría! ¡Qué maravillosa casualidad! Se detiene delante de nosotras, sin dejar de sonreír.

—¡Buenos días, vecina! ¿Ya vas al trabajo?

—Sí, voy a coger el tren.

De repente, oigo un carraspeo. Es Meredith, que quiere que haga las pertinentes presentaciones.

—Eddie, esta es Meredith. Vive en la misma casa, solo que en el piso de abajo.

Ambos se estrechan la mano.

—Encantado de conocerte. Yo vivo en la casa de al lado. Somos todos vecinos.

—¡Qué maravilla! Es un placer, Eddie. Bienvenido al vecindario. No te preocupes, somos un poco alocados, pero no mordemos—comenta Meredith, divertida.

Eddie se ríe, y yo siento mariposas en mi estómago.

—Por cierto, había pensado hacer una pequeña fiesta, para celebrar la mudanza. ¿Os apetecería venir? Será este sábado.

—¡Por supuesto! —respondo con más entusiasmo del que esperaba.

Él me mira, y me sonríe.

—Iremos encantadas. ¿Podemos invitar a más gente? Había pensado llevar a nuestros vecinos, viven en el bajo—pregunta Meredith.

—¡Claro! Así nos conocemos todos. Pues genial. Os veo el sábado a las siete en mi casa. ¡Que tengáis un buen día! —dice mientras sale corriendo en dirección a su casa.

Vale, ahora mismo estoy subida en una nube, y no consigo salir de mi ensimismamiento. Me quedo mirándole, y me deleito con su cuerpo perfecto. De repente, noto un codazo.

—Tierra llamando a Sam. Vamos, que perdemos el tren—me insta Meredith.

Cuando ya estamos subidas en el tren en dirección al trabajo, me dice:

—¿Desde cuando tenemos un vecino macizo? No me había enterado.

—Desde hace pocos días. Yo le conozco porque Chloe salió al jardín, y se encontró con él. Me tocó ir a buscarla, y acabamos hablando.

Meredith se ríe.

—Soy muy fan de Chloe. Ella sí que sabe. Pues me da a mí la impresión de que a nuestro vecino le gustas.

Yo suelto una carcajada.

—¡Sí, claro! En sueños, puede, pero en la realidad…

—Bueno, si tú lo dices…

Al día siguiente, después del trabajo, entro en casa, y Chloe me recibe restregando su lomo sobre mi pierna. Yo me agacho, la acaricio, y le doy un beso en la cabeza. A continuación, abro la ventana para ventilar un poco la casa, y me dispongo a cambiarme y ponerme cómoda. Pierdo de vista a Chloe durante un buen rato, y de repente, oigo una voz proveniente del jardín. Me asomo, y ahí está. Esa estampa de nuevo. Chloe se ha colado en el jardín de Eddie, y él la acaricia con ternura.

Yo me encojo de hombros. Bueno, tendré que ir a buscarla. No queda otro remedio. Entonces, sonrío. Tengo que compensar a Chloe de alguna forma por las oportunidades que me está brindando. Gracias a ella, tengo excusa para hablar con mi irresistible vecino. Bajo las escaleras, y llego al jardín. Eddie me ve llegar y me dedica su dulce sonrisa. Noto cómo mi pulso se acelera.

—Otra vez esta pequeñaja ha venido a saludarme—comenta.

—Es un terremoto, no para.

Chloe se queda al lado de Eddie, y pasa de mí. Está muy a gusto con él. Observo que Eddie lleva unos vaqueros rasgados, una camiseta gris y una sudadera verde con capucha. Se ponga lo que se ponga, está guapísimo.

—¿Cómo estás? —me animo a preguntar.

—Bien, cansado. Acabo de llegar de trabajar.

—¿A qué te dedicas?

—Soy mecánico. Trabajo en un taller al final de la avenida. ¿Y tú?

—Soy administrativa, trabajo en una oficina en el centro.

—Interesante. ¿Y llevas mucho tiempo viviendo aquí?

—Tres años y medio.

—¿Eres de Nottingham?

—Sí, crecí en Long Eaton. ¿Y tú de dónde eres?

—De Nottingham, aunque viví unos años en Londres, cuando estudiaba y me ganaba algo de dinero como modelo.

¡Lo sabía! Había sido modelo.

—Ya decía yo…

—¿Perdón?

Yo abro mucho los ojos, inquieta. Casi termino la frase que estaba elaborando en mi cabeza: <<Ya decía yo que eras demasiado guapo para no ser modelo.>>

—Nada, no he dicho nada.

Él sonríe de nuevo.

—Me metí en ese mundillo por culpa de mi hermana, pero a mí lo que me gusta son los coches y las motos. Me encanta meter mano a los motores. ¿Tú tienes coche?

—No, no tengo. Ni siquiera tengo el carné.

—Vaya, una lástima. Bueno, si algún día lo tienes, ya sabes dónde encontrar un mecánico.

Debería ir ahorrando para comprar uno, desde luego.

—Gracias.

—Por cierto, me llama la atención que hoy no lleves a Minnie Mouse. Me gustó mucho tu camiseta.

Yo me río, nerviosa.

—Sí, bueno, hoy voy de incógnito. Y esa no es mi mejor camiseta, tengo un buen arsenal de Disney en mi armario. Hay gente que me dice que es demasiado infantil, que a mi edad debo ser más formal…

Él frunce el ceño.

—La gente opina demasiado y sin saber. No hagas ni caso. Lo importante es ser uno mismo, y hacer lo que te gusta. De todas formas, ¿cuántos años tienes?

—Acabo de cumplir treinta. ¿Y tú?

De repente, cruza los brazos sobre su pecho, me mira con picardía, y dibuja una sonrisa traviesa. Madre mía, se me van a fundir los circuitos.

—¿Cuántos crees? Si lo adivinas, te doy un premio.

Yo abro mucho los ojos, sorprendida. ¿Un premio? ¿Qué clase de premio? Vaya, me gusta la deriva que está tomando esta conversación. Bueno, vamos allá. Le miro de arriba abajo, intentando mantener la calma. Mi pulso está acelerado y mi respiración empieza a agitarse. Menudo monumento tengo delante.

—Treinta y dos—suelto.

Él asiente, sorprendido.

—Premio. Toma.

Mete la mano en uno de sus bolsillos y saca algo. A continuación, me lo entrega. Puedo sentir el calor de su mano en la mía, y noto cómo se eriza mi piel. Miro lo que me entrega. Es un caramelo de fresa con forma de corazón. En ese momento, alzo la vista y veo que me sonríe.

—Buenas noches, Sam—dicho esto, se mete dentro de su casa.

Finalmente, entro en casa con Chloe. Observo el caramelo. No pienso comérmelo. Lo guardaré como un tesoro.

Al día siguiente, cuando regreso del trabajo, me encuentro con algo inesperado. En una calle cerca de mi oficina, veo a una pareja que está a punto de entrar en un pub. Reconozco al hombre enseguida. Es Eddie. Va vestido con unos pantalones negros y una chaqueta de cuero. Está guapísimo. A su lado, hay una mujer alta, con una silueta espectacular, envuelta en un vestido rojo ajustado, una americana oscura, y unos tacones de vértigo. Sus labios pintados de rojo sonríen a Eddie. Él se ríe, mientras le da un abrazo. La decepción se apodera de mí en ese instante. Ya sabía yo que era demasiado bonito para ser verdad. Veo que Eddie desvía la mirada hacia donde yo estoy. Entonces, me doy media vuelta y empiezo a andar a toda prisa. Acabo de despertarme de un bonito sueño…

©Andrea Muñoz Majarrez, 2018.

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.