El vecino (Final)

imagesDesde que me encontré a Eddie en medio de Nottingham con esa mujer tan guapa, no he vuelto a hablar con él. Y no porque no haya tenido ocasión. Chloe se ha escapado dos veces de casa en estos dos días, y sé que se ha encontrado con Eddie. Pero yo no he ido a buscarla. Ha vuelto ella sola. Cada vez que regresaba a casa, notaba como me juzgaba con la mirada.

—Chloe, sé que lo haces por mí, pero no vale de nada. Él ya tiene novia. Y nunca se va a enamorar de mí. Así que, deja ya de intentarlo.

Chloe, obviamente, no me contestaba nunca, y se limitaba a tumbarse en su camita o donde surgiera.

He estado yendo al trabajo como un alma en pena, y lo peor era que tenía que ir el sábado a la dichosa fiesta. No podía decir que no, porque Eddie empezaría a hacer preguntas. El viernes por la noche, Meredith me invita a su casa a cenar, y se unen a nosotras Michel y John, nuestros vecinos del bajo. Durante la velada, les conté lo que había visto, y expusieron sus teorías, intentando así animarme.

—A lo mejor no era su novia. Puede que fuera una amiga—comenta Michel.

—No lo creo, se les veía muy compenetrados—digo.

—Puede que sea su hermana, su prima. Creo que estás sacando conclusiones precipitadas. He visto como te mira, y estoy segura de que le gustas—afirma Meredith.

—Solo encontrarás la respuesta mañana, en la fiesta. Si quieres, podemos indagar discretamente—propone John.

Yo me encojo de hombros.

—No es asunto mío. Es su vida privada y puede estar con quien quiera—respondo, intentando autoconvencerme.

Antes de irme a dormir, echo un último vistazo por mi ventana, y miro en dirección al jardín de Eddie. Allí le veo, sentado en una hamaca, mirando las estrellas. Lleva sus vaqueros rasgados, y una sudadera oscura. Parece relajado. De repente, como si intuyera mi presencia, se gira y clava su mirada en mi ventana. Yo me sobresalto, y me aparto rápidamente. ¿Me habrá visto? Con el corazón acelerado, me meto en la cama y cierro los ojos. Sueño con él de nuevo.

Al día siguiente, Meredith viene a mi casa por la tarde. Insiste en ayudarme a maquillarme y elegir el vestuario adecuado para impresionar a Eddie. Yo no tengo ganas de impresionar a nadie, porque para mí, esa fiesta es un compromiso. Estoy segura de que irá su novia, y se pondrán en plan tórtolos. Si la cosa se pone así, me iré y punto.

A pesar de mis protestas, Meredith elige mi vestuario. Un vestido de color azul marino sin mangas ni escote, con falda plisada hasta las rodillas, entallado en el torso, una rebeca de color blanco, zapatos oscuros y bolso a juego. Recoge mi pelo en un moño trenzado, dejando mechones sueltos, y decorándolo con unas horquillas que tienen motivos florales. Me pone un maquillaje de base ligera, labios pintados de rosa suave, como las mejillas.

—Este pintalabios no mancha, así si surge algo, no le pondrás perdido—me explica, guiñándome un ojo.

Meredith siempre pensando en los pequeños detalles. Remata todo con una sombra de ojos de color marrón arenoso, y eyeliner negro. Mi mirada marrón se ilumina por el contraste de colores. Una vez estamos listas, nos reunimos con John y Michel en la entrada de la casa.

A continuación, llegamos a la entrada de la casa de Eddie, y su “novia” nos abre la puerta, para mi disgusto. Nos recibe con una amplia sonrisa que nos deslumbra, perfectamente maquillada, y con un vestido negro que le sienta de maravilla.

—¡Hola! ¡Bienvenidos! Pasad, por favor—nos saluda. En ese momento, desvía la mirada y grita—. ¡Eddie! ¡Han llegado más invitados!

Yo solo tengo ganas de irme, y eso que acabamos de llegar. Al instante, Eddie aparece ante nosotros, proveniente del salón, que está al fondo. Observo que hay bastante gente, y percibo música roquera sonando en la estancia. Eddie nos saluda con su sonrisa habitual.

—¡Hola, chicos! Gracias por venir, por favor, pasad.

Nosotros le seguimos, mientras yo intento calmar mis nervios. Eddie está guapísimo vestido con una camisa blanca y pantalones de vestir oscuros. En cuanto llegamos al salón, todos nos saludan y nos dan la bienvenida. Hay al menos diez personas en ese salón. La novia de Eddie se adelanta, y acompaña a este a la cocina americana del fondo. Allí hay copas y cosas de picoteo.

—¿Qué os sirvo? —nos pregunta Eddie.

John y Michel piden una cerveza, y Meredith y yo pedimos sendas copas de vino blanco y rosado. Necesito algo de alcohol para pasar este mal trago. Veo que Eddie y su novia desprenden complicidad mientras nos sirven las bebidas. Son la pareja perfecta. Ella no parece ser la típica creída, y eso me alegra. Al menos, Eddie será feliz. Suspiro, abatida, sin darme cuenta de que Eddie está delante de mí, entregándome mi copa. Alzo la vista, y trago saliva, nerviosa. Espero que no note mi malestar. Fuerzo una sonrisa, le arrebato la copa, y digo:

—Gracias—tomo un pequeño sorbo de vino, y empiezo a mirar alrededor, disimulando y esquivando su mirada—. Tu casa es muy bonita.

—Sí, aunque, aún tengo que hacerle algunos arreglos.

Yo me encojo de hombros.

—Bueno, no sé, yo no la veo tan mal.

—Si vieras mi dormitorio, no dirías eso.

Yo abro mucho los ojos, y le miro. Me está observando, mientras toma un sorbo de su copa de vino, como si nada. ¿Pero qué clase de comentario es ese? Ahora imito su gesto, necesito alcohol en sangre para calmarme.

—Me ha extrañado no verte estos días. Chloe ha venido a mi jardín un par de veces y no te he visto…

—Tenía mucho trabajo que hacer. He estado liada.

—Entiendo.

De repente, llega a nosotros su “novia”, agarrada del brazo de otro hombre alto y muy guapo.

—¿Qué tal lo estáis pasando, parejita? —nos pregunta, pizpireta.

Yo me quedo desconcertada ante la pregunta. Entonces, Eddie dice:

—Creo que no os he presentado. Sam, esta es mi hermana, Joanna, y su novio Clarence.

¿Perdón? ¿He oído bien? ¿Ha dicho hermana? Vale, ahora deseo que la tierra se abra bajo mis pies y me trague. Los chicos tenían razón. He sacado conclusiones precipitadas. Me siento aliviada, pero a la vez, muerta de vergüenza.

—Encantada—consigo decir con una sonrisa.

Nos volvemos a quedar solos, y Eddie me mira de una forma que no sé cómo describir.

—¿Te apetece salir al jardín a tomar el aire?

Yo asiento, y en menos de un minuto, ya estamos los dos fuera. Hace un poco de fresco, pero se está muy bien. El cielo está despejado y pueden verse las estrellas. Yo estoy de los nervios al estar a solas con él. Nos sentamos en dos hamacas que hay en el jardín, apoyados en una pared, y cuando estamos acomodados, Eddie me mira.

—A lo mejor lo que te voy a decir te sorprende un poco, pero, debo confesar que, durante estos dos días, he echado de menos nuestros encuentros en el jardín.

Yo me río, tímidamente.

—Solo nos hemos visto dos veces.

—Sí, pero contigo siento que lo he estado haciendo toda mi vida. Desde el primer momento que te conocí, tuve una sensación extraña.

—¿Ah sí?

Él asiente, y de repente, agarra una de mis manos entre las suyas. Con una de ellas acaricia el dorso de mi mano, mientras la sujeta con la otra.

—Hay un mito muy popular en la cultura japonesa, según el cual, toda persona tiene atado al meñique un hilo rojo invisible que le conecta a otra. Este hilo no se puede romper, y señala que tu destino está unido a esa otra persona que está en el otro extremo del hilo. ¿Puedes verlo? —me pregunta, señalando mi dedo meñique y enseñándome el suyo.

Yo entrecierro los ojos, y no sé por qué, en mi mente, veo el hilo rojo que nos ha conectado. Alzo la vista, y asiento. A continuación, Eddie se acerca a mí, y me da un tierno beso en los labios. Ahora mismo soy la persona más feliz del universo. Se aparta un poco de mí, me sonríe, y me acaricia el rostro con la palma de su mano.

—Te quiero, Sam.

©Andrea Muñoz Majarrez, 2018.

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