Con solo una mirada

CREWE-STATION

Junio de 2012.

Ese día me esperaba un viaje ajetreado, tedioso y largo. A pesar de ser junio, el verano en Inglaterra era como una especie de primavera tardía. No hacía apenas calor, de hecho, siempre tenía que llevarme una chaqueta e incluso un paraguas. Un amigo inglés me explicó que en Inglaterra podías levantarte con un cielo despejado y un sol espléndido, y de repente, sin venir a cuento, el cielo se llenaba de negras nubes, y caía un contundente aguacero. Por eso, era mejor prevenir.

Acababa de llegar a la estación de Crewe, a medio camino entre Birmingham, la ciudad donde vivía en aquella época, y Manchester, la ciudad de destino. El motivo de mi viaje era que regresaba a Madrid para ver a mi familia durante un par de semanas. Como no había vuelos directos desde Birmingham, tenía que ir hasta Manchester, y desde allí coger un avión que me llevaría a reunirme con los míos. Esto hacía que, debido a la romería, llegara a Madrid casi sin fuerzas. Pero lo peor no era eso. Es que no podía ir directa a Manchester, y tenía que cambiar de tren en Crewe. Así que estaba a mitad de camino.

La estación de Crewe conservaba parte de su esencia original, como casi todas las estaciones de tren en Reino Unido. Era del siglo XIX, y en su estructura predominaba el hierro y el ladrillo. Sus andenes eran anchos y estaban parcialmente cubiertos con un tejado de metal para proteger a los viajeros del mal tiempo. Al estar solo en parte cubiertos, esto permite que el aire corra, evitando así asfixiarte con los motores diesel de los trenes ingleses, que solían llegar puntualmente a sus andenes correspondientes. La estación tenía cafetería, lavabos y su punto de venta de billetes. Ese día había más viajeros que de costumbre, porque muchos empezaban sus vacaciones, y se dirigían a los principales aeropuertos del país, que les llevarían a las costas del sur de Europa, lejos de la fría y gris Inglaterra, que a mí tanto me gustaba. Ellos huían hacia el sur buscando el sol y el calor, y yo prefería quedarme en el norte, con el frío y los cielos cubiertos de nubes. Pero en esta ocasión, haciendo una excepción, regresaba al sur cual ave migratoria, para volver al nido y ver a mi familia.

Acababa de salir de la cafetería, después de comprar un café bien cargado, que me diera energía suficiente para continuar mi viaje. Tenía tiempo suficiente para despejarme un poco, después de una hora y media dentro de un tren lleno de gente. Me senté en uno de los bancos del andén al cual llegaría mi tren en media hora. Una suave y fría brisa acarició mi pelo y mi rostro, y cerré los ojos, disfrutando de esos pocos minutos de silencio, que se habían abierto paso después del jaleo que habían generado los pasajeros que acababan de subirse a un tren con destino a Londres.

Respiré profundamente, vaciando mi mente. Entonces volví a abrir los ojos. Algo sucedió en ese momento. Justo en el andén de enfrente había un chico. Debía rondar mi edad. Alto, rubio, atractivo. Estaba mirando su teléfono. Estaba solo en el andén, o eso me pareció a mí. Llevaba puestos unos grandes cascos y parecía estar escuchando música. Me dio la impresión de que estaba más cerca, a pesar de la distancia, porque podía distinguir los rasgos de su bonito rostro a la perfección. Llevaba unos vaqueros azules claro, una camiseta de color negro de Star Wars y una chaqueta de lana de color gris. En los pies, unas Scooters de color verde. Me fije en su rostro de nuevo, y vi que tenía las mejillas sonrosadas por el aire frío que nos acompañaba esa mañana. Típico de los ingleses. El contraste con su piel blanca producía ese efecto cuando se enfrentaban al frío.

Yo me seguía deleitando en su figura, porque parecía no estar percatándose de nada. De repente, alzó la vista y nuestras miradas se encontraron. Pude ver claramente una mirada azul preciosa. Me quedé hipnotizada. Noté como unas mariposas volaban en mi estómago, y calor en mis mejillas. Seguramente estaba haciendo el ridículo, así que aparté mi mirada con vergüenza. Pero él no lo hizo. Siguió mirándome. Así que volví a mirarle yo a él. Y fue en ese momento cuando casi me derrito. Me sonrió. ¡Y qué sonrisa más bonita! Me miró intensamente, sonriente y creí ver que movía sus labios. Algo me estaba diciendo. Tal vez un “Hi!” o un “I like you too”. No lo sé. Mi imaginación volaba en ese momento. Sonreí inocentemente. Estaba contenta, feliz. Podían en ese momento, darme la peor noticia del mundo, que me daba lo mismo. No me importaba. El mundo a mi alrededor había desaparecido. Solo estábamos él y yo. ¡Que bonito e intenso momento! <<Ojalá durara para siempre>> pensé.

Pero entonces, todo se acabó. Su tren llegó justo en ese momento. La magia se disipó. Ya no volvería a verle. A pesar de mi tristeza, le seguí con la mirada, esperando que me hiciera alguna indicación. Se sentó al lado de una de las ventanillas del tren. Él también parecía triste, pero me sonrió a pesar de todo, y me dijo adiós con la mano. Algo volvió a decir con sus labios. Quizás un “No estés triste” o “Nos volveremos a ver algún día”. <<Ojalá.>> pensé yo acompañada de mi tristeza y mi frustración. Me hubiera gustado rebobinar y cruzar al otro lado. Me hubiera olvidado del viaje a Madrid, y me le hubiera llevado a cualquier otra parte.

Llegó mi tren, y ya no pude quitarme a ese chico de la cabeza. De vez en cuando, mi cerebro me regañaba por enamorarme de alguien a quien no conozco, con solo una mirada. Tonta de mí. Seguro que tiene una novia de escándalo, y yo sufriendo por tonterías, por alguien con quien nunca he hablado. Pero así son los flechazos. Mejor intentar olvidar esos diez minutos que no son nada en una vida. Pero mi corazón no dejaba de insistir. ¿Volveremos a vernos alguna vez?

CONTINUARÁ….

©Andrea Muñoz Majarrez, 2018.

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