Carolina Coronado: romántica y sensible

¡Hola a tod@s!

En este nuevo artículo de la sección Personajes, quiero hablaros de un genio patrio, es decir, de una escritora española del Romanticismo. Seguramente a muchos de vosotros no os sonará el nombre, porque no suele destacar en los libros de historia ni de literatura, y su obra tal vez no haya alcanzado la fama internacional como es el caso de otras escritoras. Yo conocí hace años su biografía y parte de su obra, y la verdad es que sentí en parte admiración y cierta vergüenza. Admiración porque me encantó su pluma, y vergüenza porque siempre he admirado a escritoras de tierras lejanas, mientras que pasaba de largo por los genios españoles como ella, que incluso llegó a ser comparada con Gustavo Adofo Becquer. Pero todo tiene remedio. Conozcamos la historia de Carolina Coronado.

Carolina Coronado

Carolina nace en Almendralejo, Badajoz (España) el 12 de diciembre de 1821, en el seno de una familia numerosa y acomodada de ideas progresistas. Esta implicación en la política trajo más de un problema a la familia, produciéndose en un futuro la encarcelación de su padre por motivos políticos. Cuando la pequeña cumple 4 años, la familia se traslada a Badajoz, donde su padre consigue un empleo como secretario en la Diputación. Su educación fue práctica y elemental, como la que se impartía a las mujeres en aquella época, preparándolas para ser buenas amas de casa. Ya desde muy pequeña, al contrario que sus compañeras de clase, Carolina mostró un enorme interés por la literatura. A pesar de contar con una formación lingüística limitada, empieza a componer versos y escribe numerosos poemas, con algunas faltas de ortografía, pero cuyo contenido llega al corazón. Sus primeros poemas los escribió a los diez años de edad.

A lo largo de su vida se involucró de lleno en diversas causas, como por ejemplo, la abolición de la esclavitud, siendo junto a la célebre Concepción Arenal, parte de la dirección de la Sociedad Abolicionista de Madrid, o bordando una bandera durante la guerra civil en favor de Isabel II. Escribió un poema que causó una enorme controversia en la época dedicados a la causa abolicionista titulado A la abolición de la esclavitud en Cuba. 

Su salud tampoco fue buena a lo largo de su vida, sufriendo catalepsia. Esto provocó que “muriera” en alguna ocasión, lo que se cree que influyó en su carácter taciturno, y en su obsesión por la muerte, un rasgo característico de los románticos. En un momento dado, una enfermedad nerviosa la deja medio paralítica, y los médicos le aconsejan que se traslade a Madrid para tomar las aguas, que creían que eran beneficiosas. Así lo hizo, y se trasladó a vivir a la capital de forma permanente.

En Madrid conocería a su futuro marido, sir Justo Horacio Perry, secretario de la Embajada de EE.UU. en Madrid, con quien se casa a los veintiocho años. La pareja tendrá tres hijos, dos niñas y un niño. Su obsesión con ser enterrada viva la llevó incluso a negarse a que embalsamaran a su marido cuando este murió. Además, se dice que tuvo varias premoniciones, entre ellas, la muerte de una de sus hijas. De sus tres hijos, sólo sobreviviría la más pequeña.

En cuanto a su carrera literaria, consiguió publicar sus poemas y parte de su obra a pesar de la censura que sufrió en algunos medios por sus ideas revolucionarias. Sus primeros poemas se publicaron en revistas, hasta que se publicó una recopilación de su obra poética titulada Poesías en 1843, con prólogo de su amigo el escritor Juan Eugenie Harztenbusch. Entró a formar parte del Liceo de Madrid, cuyos miembros le recibieron con una calurosa acogida en 1848. Plasmó ese momento de felicidad en su poema Se va mi sombra, pero yo me quedo. A mis amigos de Madrid. Su obra literaria no se reduce a la poesía. Escribió 15 novelas entre ellas están Luz, El bonete de San Ramón o Paquita. Y también obras teatrales como El cuadro de la esperanza.

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Compró una pequeña finca en el barrio de Salamanca de Madrid, que en aquella época estaba aún en construcción, y allí hizo construir un palacete. Su casa fue escenario de numerosas tertulias a las que acudían los intelectuales más importantes de su época. En los últimos años de su vida, debido al ambiente caldeado de revoluciones y revueltas que vivía España, su marido y ella deciden irse a vivir a Lisboa, sin apenas dinero. Allí moriría Carolina el 15 de enero de 1911 a los 90 años de edad. Su herencia pasaría a la familia de su yerno, los Torres Cabrera, ya que el matrimonio no había tenido descendencia.

Carolina Coronado fue una escritora respetada por sus colegas, consiguió codearse con los genios más importantes del Romanticismo, incluso algunos autores llegaron a dedicarle alguno de sus versos como Espronceda. Fue autodidacta, llegando a aprender por su cuenta francés e italiano, para leer los clásicos que le gustaban. Toda su vida sufrió el miedo a la muerte y numerosas crisis nerviosas, pero consiguió salir a flote y labrarse una respetable carrera en el mundo de las letras. Es cierto que, a pesar de rodearse de lo mejor de su profesión, y ser célebre en los círculos intelectuales, su reconocimiento llegó tarde. Merece la pena descubrir a este oculto diamante en bruto. Una de las primeras escritoras de renombre, que sufrió la discriminación por parte de muchos sólo por el hecho de ser mujer. Al final, nos queda su obra. Os dejo uno de sus poemas más bonitos, La rosa blanca:

¿Cuál de las hijas del verano ardiente,
cándida rosa, iguala a tu hermosura,
la suavísima tez y la frescura
que brotan de tu faz resplandeciente?

La sonrosada luz de alba naciente
no muestra al desplegarse más dulzura,
ni el ala de los cisnes la blancura
que el peregrino cerco de tu frente.

Así, gloria del huerto, en el pomposo
ramo descuellas desde verde asiento;
cuando llevado sobre el manso viento

a tu argentino cáliz oloroso
roba su aroma insecto licencioso,
y el puro esmalte empaña con su aliento.

¡Gracias por leer!

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