Relato navideño

¡Hola a tod@s!

En este último post del 2017, quería ofreceros algo especial, una especie de regalo navideño, así que he decidido compartir este divertido relato sobre la Nochevieja, mi día favorito del año. Espero que os guste.

*Noche de Fin de Año*

Era 31 de diciembre de 1992. Ya eran casi las 8 de la noche, y nos dirigíamos a casa de mis abuelos para celebrar la Nochevieja, sin duda, mi fiesta favorita del año. ¿Por qué? Pues por que esa noche nos juntábamos casi toda la familia, y podía pasar cualquier cosa. Las calles de Madrid en esas fechas olían a castañas asadas, y al carbón y la leña que traían los camiones a las casas de aquellos vecinos que aún usaban estufas de carbón. Ese era para mí el olor del invierno, pero, sobre todo, el olor de la Navidad.

Desde que habían empezado las vacaciones, no había parado. La primera aventura navideña la viví en Cortylandia. Ese lugar mágico, era donde íbamos todos los niños madrileños a disfrutar de una tarde de música, viendo cómo tontos a unos muñequitos que se movían al son de las notas musicales. Y después nos íbamos a otra parte de la ciudad a disfrutar de un paseo en tren, todo decorado con nuestros personajes de dibujo favoritos. Pude disfrutar de la diversión, después de tragarnos una buena cola, porque todo Madrid estaba allí, y cuando digo todo, es TODO.

Solíamos ir al centro, algo muy excepcional, porque no salíamos de los dominios del barrio a menudo, y eso me hacía sentir especial e importante. Allí veía a un montón de adultos cargados con bolsas llenas de paquetes, y yo siempre me preguntaba qué llevaban ahí, si los Reyes Magos ya se encargaban de esas cosas, es decir, de los regalos.

Llegó la Nochebuena, y ahí empezó la fiesta. Después de liarnos a comer marisco, pavo, canapés, y turrones, los mayores siempre se ponían a hablar de cualquier cosa. Al terminar, solía coger la pandereta y me liaba a cantar villancicos. De tanto berrear y hacer ruido, al final conseguía algún aguinaldo, sobre todo de mis tíos, que solían estirarse mucho en estas fechas. Yo creo que era para que dejara de soltar gallos por la garganta. Lo bueno es que el método era efectivo. Podría comprarme alguna bolsa de chuches.

Al día siguiente, en Navidad, nos íbamos de nuevo a casa de la familia, y allí que nos atiborramos otra vez, mientras las charlas se sucedían. Así era siempre. Yo al final acababa yéndome a jugar con mis primos, y así no me aburría con las conversaciones de los mayores.

Y llegó la gran noche. Llegamos a casa de mis abuelos, y allí estaban casi todos, desperdigados por sillas y sofás. Seríamos alrededor de 20 personas, y creo que no exagero. Allí estaban todos hablando y riendo. Mientras, los más mayores, es decir, abuelos, tíos, mamás y papás, estaban en plena actividad frenética, porque debía estar todo preparado para antes de las 9. Que si pon el mantel, que si prepara los canapés, que si ahora no puedo que estoy preparando las gambas. Y así hasta que por fin todos conseguían coordinarse.

En ese momento, estaba yo sentada tan tranquilamente, escuchando la conversación de mis primas mayores, que estaban a sus cosas de chicas, que yo no entendía, claro, cuando viene uno de mis tíos y me ofrece un chicle. Yo sonriente le digo que estupendo, y me dice que tengo que cogerlo del paquete de chicles. Yo, alma inocente, con mis mini deditos engancho el chicle, tiro, y de repente, clac, me quedo enganchada. Yo ante la angustia, nada más que tiro, y entonces mi tío se parte de risa, y luego mis primas, y toda la familia. Yo ya sabía que a partir de ese día sería el blanco de todas las bromas, porque me lo creía todo. Mientras yo sufro, mi abuela aparece para decir que dejemos de hacer el gamberro, que hay que cenar, que, al final se nos hace tarde. A partir de ese día, quedé traumatizada, ya no volvería a coger un chicle de nadie.

Y ya estamos todos sentados en la mesa. Tíos, primos, cuñados, nueras, suegras, padres, madres. Todos ahí que estábamos hablando a grito pelado. Ya empezaba mi abuela a hablar de temas de salud, que si fulanita de tal estaba pachucha de no se qué, que si habían operado al del quinto. Llegué a la conclusión de que la Sanidad española no daba a vasto con nuestro barrio. Y luego estaba el tío, o sea, el cuñado, que siempre tenía razón en todo. Y las madres, que siempre estaban pendientes de lo que quedaba en los platos, y no te daba tiempo ni a rebañar, porque enseguida estaban cambiando el plato, y poniéndote otra cosa. Todo esto, amenizado con el programa especial de Nochevieja de Martes y Trece, ese dúo cómico que nos hacía reír tanto, que a mi abuelo se le fue una gamba por mal sitio y casi acabamos en urgencias.

Y entonces, el momento crítico de la noche llegó. Entre una cosa y otra, ya eran las 11 y media. Ya notaba el nerviosismo en los mayores. Rápidamente, mi abuela trajo las uvas, y las puso en la mesa, dándonos instrucciones a cada uno de que debíamos servirnos 12 uvas y adecentarlas a nuestro gusto. Unos preferían pelarlas y quitarles la piel, porque les daba cosica, otros dejaban la piel y quitaban los pipos, todo ello realizado con una única herramienta, el palillo de madera, y con una maestría digna del mejor ingeniero aeroespacial. Y luego estaban los valientes, como mi abuelo, que ni pelaba ni sacaba el pipo, él con todo o nada, que así daba más suerte. Yo, como era la más peque, mi madre me pelaba la uva y me quitaba el pipo. Se notaba que estaba acostumbrada, porque lo hizo en un abrir y cerrar de ojos. Era una especialista en todo.

Entre pelar y quitar pipos, apareció en nuestras pantallas el veterano presentador Joaquín Prat. Ataviado con un esmoquin y una especie de abrigo por encima, ya estaba el hombre colocado en un balcón frente al reloj de la Puerta del Sol. Ya empezaba la tensión. Los que se habían quedado rezagados preparando las uvas, ahora parecía que estaban desactivando una bomba, con los nervios, mientras mi abuela les echaba la bronca por no estar a lo que se tiene que estar.

Y ahora era el momento culminante de la noche, la hora de decir adiós a 1992. El presentador daba paso a los últimos anuncios del año. Después de esto, volvió Joaquín Prat a nuestro televisor. Primero, explicó, vienen los cuartos, y después las campanadas. Era la charla de siempre. Cada año, nos explicaban como funcionaba un reloj. Yo no entendía al principio porque, pero después lo comprendí. Empieza el tintineo de las campanas, y se produce un silencio. Empezaba un redoble, din-don, din-don. Y entonces, sorpresa, mi abuela estaba a punto de meterse una uva en la boca, a lo que alguno de nosotros le dijo ¡Que son los cuartos! Y, mi abuela devolvía la uva al plato. Ahora lo entendía.

Y ya por fin, silencio, y empezaban las campanadas. Don, don. Rodaba una uva por el suelo, a otro le entraba la risa tonta, otra se medio atragantaba, mientras mi abuelo permanecía impasible comiendo uvas, otro se daba cuenta de que le faltaba una. Y al final, alguno acababa con alguna de más. Y después de esto, se sucedían los abrazos, y las felicitaciones, casi todos estábamos con la boca llena y las babas nos colgaban, pero daba igual. Estábamos contentos porque, como dice Mecano, los españolitos hacemos por una vez algo a la vez. Y nos sale bien.

¡Sólo me queda desearos Felices Fiestas!

Merry-Christmas-Wallpapers-4

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